martes, 27 de enero de 2015

#Resumen Krieger, Murray - Vanidad de la teoría y de su valor.

Para Krieger, la teoría literaria es disciplina vana y arrogante. Es arrogante porque da por supuesta la posibilidad de conseguir un planteamiento estético de la poesía que sea cerrado y coherente, así como por suponer que tal planteamiento pueda explicar la tremenda variedad de cosas que reciben el nombre de literatura. Es, a su vez, vana porque el carácter evasivo de los entes y experiencias de los que debe ocuparse malbarata cualquier sistema que el teórico emplee.

Limitaciones de la teoría literaria

No obstante, señala que, una vez despojada de sus pretensiones, la teoría literaria es merecedora de estudio. Por teoría literaria entiende «la elaboración sistemática que explica y hace congruentes las críticas individuales de obras literarias». Dice que todo defensor del estudio de la teoría literaria debe empezar por reconocer lo limitado de la capacidad de su disciplina, sobre todo, admitir que ninguna teoría alcanza a explicar adecuadamente la diversidad de las experiencias literarias; ni siquiera bastan para agotar todos los sentidos y valores latentes en cada obra aislada. Lo que, según su parecer, lleva a concluir que «no hay teoría que sirva para hacer buenos críticos».

Aún así, dice, hay en el impulso filosófico es reducción sistemática: imponer la coherencia de los constructos mentales y lingüísticos a un millar de datos prelingüísticos (que son prelingüísticos aunque no podamos aprenderlos sino por medio de los lenguajes de nuestras estructuras simbólicas). Se pregunta, entonces, ¿cuáles son las obligaciones del filósofo con respecto a la plenitud de la experiencia? ¿es necesario que su sistema corresponda con lo que quizás hayan sido los datos prelingüísticos?

Entiende que, aunque los sistemas proposicionales ponen de manifiesto su inadecuación para los datos que pretenden explicar, resultan aún más presuntuosos cuando pretenden aplicarse a la literatura, cuyos objetos están expresamente creados para capturar los complejos matices que integran la existencia humana. Señala que es posible que el resulte aún más problemático el hecho de que el teórico literario se ocupa de experiencias cuya fuente se halla en el lenguaje; de modo que su propio lenguaje puede conducirlo a error, porque parece ser del mismo orden que los objetos de su estudio.

Por último, entiendo que si el teórico literario no desea perder su capacidad de respuesta ante la poesía, tiene que admitir que las imposiciones del sistema resultan inhibidoras para el lector como sujeto de experiencia estética. A la intrusión de una teoría que haga las veces de intermediaria se le opone un impulso antiteórico: un afán de experiencia pura y sin trabas, resistente a la intervención del frío raciocino. Ante ese impulso antiteórico, parece un error el hecho de tomar la vía preferente de la abstracción filosófica, en lugar de librarse a los misteriosos vericuetos que ofrece la obra individual.

Defensa de la teoría

Aún así, Krieger entiende que sí se debe defender la teoría literaria. La razón principal es que la teoría está ahí y no queda más remedio que tenerla en cuenta. Entiende que la inevitabilidad de su presencia deriva del hecho de cada lector lleva dentro una fórmula magistral procedente de anteriores lecturas, una fórmula por la que se rigen sus expectativas, sus interpretaciones y sus juicios. Y, añade, cada cual tiene su fórmula, que como decir su teoría literaria, aunque ésta puede consistir en el menosprecio de la propia noción de teoría.

En ese sentido, dice que recomendar que se ignore la teoría literaria equivale pura y simplemente a fomentar la falta de responsabilidad en el lector. Sostiene que, «ante la imposibilidad de evitar la compañía del intermediario teórico, lo mejor es conocerlo tan a fondo como nos resulte posible, tratando incluso de someterlo a control racional, poniéndolo a nuestro servicio y al de nuestras experiencias, en lugar de permitirle que las manipule y que las distorsione».

Entiende que siempre hay un mínimo de teoría que, no por ello, dejará de contribuir a la construcción de un entramado de expectativas del que dependerá la visión del crítico, su capacidad para percibir unas cosas y otras no, e incluso su tendencia a añadir cosas que no están.

Dice que, cuanto más en serio se tome el problema de la teoría, se inclinará ante la evidencia de que, ya que se juega el juego del discurso sistemático, lo mejor es que se juegue como es debido. Es decir, tratando de controlar esas ideas previas que en todos asoman siempre.
No se trata, entonces, de elegir entre adoptar o no adoptar una teoría; alguna hay que tener. Se trata e elegir entre ser consciente de las cuestiones teóricas que nuestra actividad crítica inevitablemente plantea, o prescindir de su conciencia. [...] Claro está: si también nos interesa ser fieles a la literatura que supervisamos, tendremos que poner límites al poder que nuestra lucidez teórica tratará de ejercer sobre cada crítica individual que llevemos a cabo.
Entiende que toda teoría debe ser lo suficientemente flexible como para acomodarse a la agresión de las nuevas experiencias poéticas, pero no tanto como para quedarse sin normas con que percibirlas y evaluarlas. En ese sentido, para Krieger, la teoría tiene que servir de base para el razonamiento, pero sin incurrir en los prejuicios y exclusiones de las rigideces dogmáticas.
Ni contigo ni sin ti: no hallaremos reposo en la teoría, pero tampoco podremos abandonarla. [...] Quien pretenda alzarse en adalid del estudio de la teoría literaria no tiene sino solicitar que se le admitan dos premisas: 1) que nuestros hábitos de percepción nos obligan, como mal menor, a poseer alguna teoría; 2) que hay teorías mejores que otras. Mientras no pierda su capacidad autocrítica ni su inocencia, ningún defensor de la teoría literaria correrá el riesgo de exagerar sus beneficios, ni de convertirse en utopista de la teoría. 






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