En el siglo V a. C., durante lo que se ha convenido llamar la época clásica, los hombres se dividen en dos categorías: los griegos y los bárbaros. Sin duda, la oposición es lingüística/cultural antes que racial. Uno no es griego por nacimiento, sino que se vuelve griego por la educación, la paideia.
¿Son los troyanos de la Ilíada bárbaros? En principio, Homero parece desconocer ese término. Por otra parte, los troyanos y aqueos no se diferencia tan claramente. De hecho, veneran a los mismos dioses y les presentan sacrificios. En Troya hay un santuario dedicado a Atenea, a pesar de que esta diosa es totalmente hostil a los troyanos. No existe problema de comunicación entre aqueos y troyanos. Sin duda, esto se debe a un convencionalismo épico. Después de todo, Polifemo en Odisea también habla el griego. Los troyanos, como los griegos, constituyen una ciudad, con hombres, mujeres,ancianos, niños. Reconocen mutuas relaciones de hospitalidad (tal como sucede entre Diomedes y Glauco).
Se encuentran diferencias, sin embargo, en la destreza guerrera: prima el orden y la eficiencia militar en los griegos, mientras los troyanos suelen tener miedo y ser desordenados. A su vez, el número de los griegos es superior al de los troyanos. A su vez, los troyanos suelen suplicar a sus adversarios vencedores, como Héctor a Aquiles o Príamo al pedir que le entreguen los despojos de su hijo.
Pero existe una diferencia aún más profunda: los aqueos mueren, saben que están consagrados a la muerte. Por el contrario, se advierte entre los troyanos una conciencia aguda de que la desgracia será colectiva, que Troya está condenada a la desaparición.
La guerra, la muerte y la paz
La Ilíada es el poema de la guerra. Si es preciso, los dioses intervienen para frustrar los procesos de paz. De alguna forma, la Odisea es el poema de la paz, aunque no falta el combate: finaliza con una paz concertada entre Ulises y los familiares de los pretendientes masacrados por él.
Esta oposición entre la guerra y la paz aparece con todo su significado simbólico en el canto XVIII de la Iliada. Sobre el escudo que Hefeso forja para Aquiles, se enfrentan dos ciudades, la de la paz, el matrimonio, la danza, las polémicas judiciales y la ciudad de la guerra, sitiada y preparando una emboscada.
Cabe señalar que nadie jamás ha combatido como los héroes de Homero. Éstos van a la batalla en carros y descienden de ellos para enfrentar al enemigo. El aedo sabía que el carro era un arma de guerra, lo cual no sucedía en su época. Por consiguiente, dota a sus héroes de carros, pero ellos no los usan para combatir, sino como una suerte de taxis.
La Ilíada es una ideología de la guerra, la más bella: hay una guerra bella, así como existe una muerte bella. En ella, la muerte jamás es lenta. Los muertos no sucumben en duelo, sino en lo que se llama la aristeia, una serie de hazañas durante la cual el guerrero, embargado por la furia, adquiere la fuerza sobrehumana y derriba todo cuando se le cruza en el camino. La aristeia por excelencia es la de Aquiles en los cantos XX y XXI, tras la muerte de Patroclo. La muerte de Sarpedón, asimismo, funciona como ejemplo extraordinario de la muerte bella.
El único héroe griego que muere es Patroclo. La muerte de Aquiles estaba prevista. Muchos hombres anónimos son muertos por flechas de Apolo, como relata el canto I, es decir, mueren de la peste. Apolo apunta exclusivamente a los hombres. Artemisa, que tiene poder de muerte sobre las mujeres, no interviene. Apolo exclama en el canto IV: «la piel de los aqueos no es de piedra y hierro», pero sus patrias no corren riesgo alguno.
El caracter implacable de la guerra radica en la negativa a tomar prisioneros. Sin embargo, la Ilíada concluye con un episodio en el que la guerra implacable cede ante la bondad humana: el cadáver ultrajado de Héctor, entregado por Aquiles a Príamo, pasa al estado de bella muerte y la Ilíada concluye con el relato majestuoso de sus funerales.
El combate y la muerte no son forzosamente heroicos. A su vez, no todas las armas son equivalentes, ni todas las guerras dignas de los héroes más grandes. Así sucede con el arco: es el arma del dios Apolo y Ulises lo usa al regresar a Ítaca; en la guerra, sólo es usado por los troyanos en actos de cobardía o traición.
La noche no es tiempo para la guerra, sino para el amor o el disfraz, el ardid, la emboscada. Esto último es ilustrado en el canto X de la Iliada, la "Dolonia". Héctor envía a Dolón, armado con una jabalina y un arco, a campamento griego a buscar información. Por su parte, los griegos le encargan igual tarea a Ulises y Diomedes estos apresan a Dolón y lo asesinan. Ulises y Diomedes se bañan en el mar para purificarse de su fechoría (asesinaron durante la noche). Es un episodio singular; revela que existía otra forma de guerra en el imaginario de los aedos. Ahora bien, este episodio, excepcional en la Iliada, será la norma en la Odisea.
El poema de la Odisea está todo él colocado bajo el signo del disfraz y la astucia.
Ciudad de los dioses, ciudad de los hombres
Atenea, Hera y Poseidón combaten con los aqueos; Apolo, Ares y Afrodita son partidarios firmes de los troyanos. Además de tomar partido, los dioses intervienen físicamente. En el canto V, Afrodita y Ares son heridos por Diomedes, hijo de Tideo, por ejemplo. Entre los dioses y los hombres, aparte de las alianzas y los combates, también existe el amor. Ulises tiene amores con Circe y Calipso: ésta le ofrece inmortalidad. El poeta homérico no responde a ortodoxia religiosa alguna.
Mortalidad e inmortalidad es una división crucial. Los dioses no tienen la misma sangre que los hombres; la suya se llama icor. No consumen ni pan ni vino sino ambrosía, llamada la "bebida de la inmortalidad". Se desplazan más fácilmente que los hombres, pero no están presentes en todas partes a la vez.
Cabe señalar tres ideas esenciales sobre el régimen divino. 1) fue el azar el que le asignó las funciones a cada dios; 2) comparten un dominio común; 3) hay cierta paridad de jerarquías. Estas tres ideas son constitutivas de la ciudad griega; su presencia vuelve ociosa las polémicas sobre la aparición de la ciudad antes o después de Homero.
En Atenas, 1) echar suerte era la institución sobre la cual se basaba la democracia: una distribución de las funciones que no eran técnicas; 2) la Acrópolis y el ágora en Atenas tenían el carácter de dominio en común; 3) la presencia del "despreciable" (Cronos, por ej.) entre los dioses nos recuerda que algunos estaban excluidos de la ciudad. En Esparta eran los ilotas, categoría servil que cultivaba la tierra, y en Atenas los metecos, extranjeros radicados que no tenían el derecho de voto, así como los esclavos, propiedad de los ciudadanos o la ciudad.
También se advierte la presencia, en los dos poemas homéricos, del concepto de mayoría: en la Ilíada en el canto IX. En la Odisea, cuando Telémaco constata que los pretendientes son una minoría. Homero presenta las instituciones divinas a imagen de las instituciones humanas que él conoce.
Zeus sabe que no es omnipotente, pero no deja de recordar que es más poderoso que todos los otros dioses juntos y es libre de expulsarlos del Olimpo. En ese sentido, su poder es mayor que el de Agamenón entre los hombres. Es posible que los reyes de la Ilíada fueran un recuerdo más que una realidad contemporánea, evidentemente un recuerdo exagerado. micenas ya no era la ciudad "rica en oro" evocada por Homero, sino apenas un caserío. Por otra parte, resulta difícil determinar cuál era la estructura dominante ¿la ciudad o el oikos? Es probable que haya sido el oikos.
En cuanto a Ulises, lo que le interesa es el oikos (sus posesiones) saqueado por los pretendientes. Para vencerlos, Ulises no convoca a la asamblea de los itacenses sino a su hijo, su porquerizo y su boyero.
En cuanto a los dioses, la paradoja del poema homérico es que los dioses son a la vez próximos y remotos. Son próximos porque ciertos héroes no les manifiestan siempre respeto y consideración. Lo normal, sin embargo, es la lejanía. Los dioses se comunican con los hombres por medio de sueños que pueden ser mentirosos. Cabe recordar que las aves son intermediarias naturales porque frecuentan el cielo y habitan la tierra, entre los dioses y los hombres. El modo normal de comunicación entre hombres y dioses es el sacrificio cruento: desde la ofrenda modesta de un carnero hasta la hecatombe en la que se matan cien bueyes y se reparte la carne entre los participantes.
Frente a Troya, el sacrificio humano es excepcional, pero existe. Aquiles sacrifica a doce jóvenes troyanos durante los funerales de Patroclo.
Falta decir que los dioses pueden aceptar o rechazar un sacrificio. En este sentido, los dioses son libres.
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