La Ilíada no se trata de un entretenimiento alegre, ni de un recitado gratificante para los oídos griegos a propósito de una gran victoria de sus antepasados sobre un enemigo extranjero. Héroes valerosos que yacen por el suelo sin recibir sepultura, sus cuerpos botón de las aves de rapiña: tal era la voluntad de Zeus.
La Ilíada toma el tradicional tema de la cólera y la retirada del héroe —en el libro IX, por ejemplo se nos habla de la de Meleagro; otro tema será el de la venganza —tras la muerte de Patroclo, Aquiles ya no sigue interesado en la gran disputa con Agamenón, pues vive sólo para la venganza—, otro tema será el de la elección entre una vida larga de inactividad o una breve carrera de gloria —Aquiles sabe, pues su madre se lo ha dicho, que su destino cómo héroe es tener una vida breve, pero ante la ofensa de Agamenón no puede encontrar ninguna razón por la cual deba hacer una elección heroica, dado que no ha recibido trato de héroe—; por último, la unión de los hombres en el sufrimiento —en el último libro, ante Príamo, quien como Peleo alguna vez fue feliz, mas ahora es desgraciado, Aquiles, en vez de la satisfacción del héroe, lo que siente es un sentimiento trágico de la inutilidad.
Toda la poesía griega de carácter serio está relacionada con la posición del hombre en el mundo. La función de Tetis es la de ser intermediaria entre el mundo humano del sufrimiento y la muerte, y el mundo divino de la contemplación y la inmortalidad. Tetis apela al recuerdo de importantes servicios que ella le cumplió a Zeus con anterioridad. Éste, dios elemental del cielo y el tiempo, se ha fusionado en Homero con el dios mitológico que tiene favores personales que devolver y una esposa con quien debe de andar con los pies de plomo.
El retrato que Homero hace de los dioses es muy llamativo, y causaba inquietud y perplejidad en la antigüedad más remota, cualquiera espera que los dioses se le muestre con majestuosidad, y que tengan que ver, ante todo, con la moralidad. Ninguno de estos requisitos parecen cumplirse por parte de los dioses de la Ilíada. De hecho, regularmente se alternan escenas en que los dioses aparecen humillados o maltratados, con escenas en que reafirman su gloria —por ejemplo, el libro V en el que Afrodita y Ares resultan heridos por Diomedes, mientras que, en el mismo libro, Apolo le explicita el abismo inquebrantable que existe entre hombres y dioses.
En esto, se manifiesta el arte del contraste que recorrerá toda la Ilíada. Los dioses aventajaban a los hombre en estatura, por su poder, y por estar libre del paso de los años y de la muerte. La atención de los dioses, a su vez, tanto glorifica las acciones humanas, como las humillas. Los hombres son lo suficientemente importante para que los dioses se preocupen por su destino, pero son tan insignificantes que los dioses no los toman en conjunto como cosa seria. Por otra parte, los dioses hacen todo sin esfuerzo, mientras para los hombres todo requiere un largo esfuerzo y trabajo.
Entre los hombres también se ejerce este arte del contraste. El virtuoso Héctor, buen marido y padre, y campeón de Troya, aparece en contraste con su atractivo e irresponsable hermano, Paris, seductor sin hijos de una mujer extranjera, que es un cobarde en el combate y será la ruina de su pueblo. También se contrasta a Aquiles con el rey Agamenón, que le es inferior en coraje, y que pasa del bravucón exceso de confianza al más abyecto derrumbamiento, apoyándose sólo en su jerarquía para ocultar su interna falta de resolución. Se compara también a los aqueos con el conjunto de los troyanos —a quienes se los tilda de fanfarrones, ostentosos, ruidosos e indiciplinados en el combate. Sin embargo, Héctor, Andrómaca y Príamo son de talla trágica, y los troyanos nunca son despreciables.
En cuanto a la narración, si bien la Ilíada relata sólo el noveno año de la guerra; se entiende que la escena del libro III en la que Menelao y Paris se enfrentan se da al inicio de la guerra. Es por esto que Príamo debe ser informado por Helena mientras los dos rivales se enfrentan. Más allá del orden que le asigna, estas escenas le permiten al poeta mostrar la naturaleza de los personajes. En el libro VI encontramos a Héctor que marcha a Troya donde es tentado por tres mujeres —su madre (a través del vino), Helena (de la comodida) y Andrómaca (del amor)— para que se entregue al mundo del confort y la seguridad de la ciudad antes que a la lucha. Se ve en estas escenas el contraste entre los sexos y sus diferentes mundos, como también el contraste entre el auténtico matrimonio de Héctor y Andrómaca con el culpable vínculo de Paris y Helena, sin hijos, en unión de mero placer, en la que Helena desdeña a su hombre y le pide que vaya a combate, luche y muera. A su vez, es frecuente pensar que una mujer es excelente si posee cualidades como la castidad, la belleza, y es comedida en los gastos (Criseida-Clitemnestra o Penélope-Clitemnestras); mientras que las cualidades de un hombre son el valor, la fuerza y la confianza en sí mismo.
También se trabajan en contraste las virtudes en los jóvenes y en los hombres mayores: se esperaba que los jóvenes fueran impetuosos y vehementes, y que los viejos fueran prudentes y previsores.
La Ilíada es un poema heroico, se encara al auditorio con la misma pregunta central con que se enfrenta a los propios personajes: ¿en qué consiste ser un héroe? En principio, un héroe no muere de herida fortuita, tampoco sufren heridas que les mutilen pero que no acaben con sus vidas. Una vez es alguien herido, o muere al instante o se retira para regresar más tarde al combate.
Mientras el héroe vive, es semejante a un dios y amado por estos. Si bien mientras vive el héroe está repleto de vitalidad y poder, espléndido y terrible; ningún héroe está exento de la experiencia humillante de sentir miedo. El héroe se enfrenta no sólo a la muerte, sino también al temor de que tras la muerte su cuerpo quedará mutilado por el enemigo y devorado por los animales carroñeros (así se nos habla de la muerte de los héroes frente a la muerte anónima). Cuando el héroe muere, nada queda para el alma sino un mundo de sombras e incomodidades, la miserable mansión de Hades y una existencia sombría a insensible, alejada para siempre de la luz, el calor y la actividad de la vida.
En lo narrativo, podemos notar que cuando dos héroes quedan frente a frente, el resto del mundo queda tácitamente en el olvido. Los hombres pueden desafiarse recíprocamente y hablar como si estuvieran en cualquier otro sitio menos en medio de un furibundo combate.
La guerra es entendida a su vez como «combate en el que los hombres ganan gloria» y también como «combate que causa lágrmias», por lo que el poema dista de ser una ingenua glorificación de la guerra. Para el poeta, la grandeza y la fragilidad del hombre van unidas inseparablemente, y es precisamente esta combinación la que conforma la naturaleza del héroe «[Patroclo] salió al punto, a Ares mismo parecido, y éste de su desgracia fue el principio» (XI, 604).
Es el sufrimiento lo que permite a los hombres mortales conseguir que los dioses se interesen vivamente por sus asuntos. Al igual que el héroe en el esplendor de su heroísmo se aproxima en rápido tránsito a la muerte y a la oscuridad, así su ser logra una nueva e intensa viveza que atrae la mirada del dios. Es el sufrimiento lo que inspira el canto del poeta, y por medio del canto comprendemos que el sufrimiento es el destino universal del hombre. En un contraste deliberado, mientras Héctor no acepta la muerte anunciada por Patroclo; Aquiles acepta su propia muerte —anunciada por Héctor y ya antes por su propia madre, Tetis—, asumir su propia muerte lo ennoblece. Así, se puede ver que todos los hombres tienen que sufrir; pues así es cómo los dioses planean la vida de los hombres, «mientras que ellos están exentos de cuidados».
Para el poeta, la belleza emerge del sufrimiento y el desastre. Aquiles y Príamo se ven unidos por el hecho terrible de que Aquiles ha dado muerte a Héctor, y que la guerra va a continuar hasta que Troya sea destruida; pero su encuentro les brinda la oportunidad de mostrar gran cortesía y reconocerse recíprocamente el esplendor y la fragilidad que coexisten en la naturaleza de los hombres.
De esta concepción de la guerra derivan las siguientes ideas. Primero, la idea de que aceptar el destino ennoblece y transforma la pura necesidad de soportarlo, y ésta es la diferencia entre Aquiles, que lo comprende, y Agamenón y Héctor que no. Lo que enseña Homero no es sólo una obedencia pasiva, sino una actitud conscientemente heroica ante la fuerza dura del destino. En segundo lugar, la idea de que el tema supremo cuando se escribe sobre el pasado son los acontecimientos y sufrimientos de la guerra. Otra fue el efecto de la imparcialidad homérica: en la Ilíada no hay villanos; es precisamente con el rey de Troya con quien Aquiles comparte la visión trágica de la humanidad común.
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