martes, 29 de marzo de 2016

#Resumen Paolo Fabbri - El giro semiótico, La caja de los eslabones que faltan.

Semiología Teórico

La caja de los eslabones que faltan.

Una historia tendenciosa.

En el capítulo 1, Paolo Fabbri dice que, en este texto, su interés se centra en reconstruir la consolidación de la semiótica como disciplina, esto es, como plano de consistencia teórica que asume cierto número de enunciados en una época determinada. Sitúa dicha consolidación a principios de los años setenta.

Entinede que la semiótica que se practicado desde principios de los setenta puede resumirse en dos características fundamentales: Semiología y tradición humanista y el paradigma teórico.

Asocia la semiología y tradición humanista con Roland Barthes. Entiende que éste practicaba una semiología como crítica de las connotaciones ideológicas presentes en la lengua. Según Fabbri, Barthes deriva la semiología de la idea de que en determinadas culturas hay varios tipos de sistemas de signos; estos signos son estudiados como elementos de sistemas semióticos organizados y autosuficientes que pueden ser comprendidos y traducidos en el sistema de signos que es la lengua. Así, la lengua es un sistema de signos como todos los demás y, a su vez, posee una característica fundamental: haber especializado una pate de sí misma para poder hablar de los sistemas de signos. Así, dice Fabbri, la lengua es capaz de nombrarse a sí misma y a los otros signos de la cultura.

Al entender al sistema de la lengua de tal modo, Barthes hace de la semiótica una translingüística: una lingüística capaz de hablar no sólo de la lengua, sino también de todos los sistemas de signos. Según Fabbri, es de esa manera que la semiología llega a ser una revelación de los signos de la ideología social puesto que —explica— Barthes piensa en la posibilidad de que la semiología sea una disciplina capaz de deconstruir el conjunto de connotaciones culturales, sociales e ideológicas que la burguesía ha introducido en la lengua y así liberar un grado cero de la lengua, forma que estaba relacionada con el proyecto de una sociedad libre, sin ideología, sin clases.

Este desarrollo de la semiología lingüistizante se dio junto con el llamado giro lingüístico de los países anglosajones: el intento filosófico de situar el lenguaje en el centro de la problemática humana y social. La idea era que para estudiar al hombre había que analizar por lo menos su lenguaje: todo lo que ocurre cuando se comunica y se entiende con sus semejantes.Era un modo seguro de pensar al hombre en su dimensión humana y social. Ambos reflejaban la aspiración profunda de la cultura humanista a las artes liberales (gramática, retórica, filosofía, etc).

Según Fabbri, el éxito al que estaba destinada una semiolgía entendía como translingüística fue lo que acabó con ella. Entiende que el estudio de la significación se disolvió en el humanismo general que dominaba la cultura de los años setenta y acabó desapareciendo con él. Escoge la recuperación de la retórica (teoría del funcionamiento lingüístico y conceptual) como evidencia de esa disolución de semiología y apunta que la acumulación de figuras retóricas es un claro intento de juntar definiciones acuñadas y problemas discutidos en teorías, filosofías y epistemologías muy distintas entre sí.

Para el paradigma semiótico, Fabbri toma la figura de Umberto Eco. Señala que, mientras la semiología lingüizante se disolviía, se consolidaba un paradigma de investigación semiótica que se plantea de un modo radical contra el legado saussuriano, pues Eco valoriza la tradición que inaugura Charles Sanders Peirce.

Según Fabbri, la semiótica de Pierce parte de la idea de no valorizar de modo especial al lenguaje. La teoría del signo era una semiótica (un estudio de todos los tipos de signos) y no sólo una semiología (estudio de los signos a partir del lenguaje verbal y humano). Entiende que esto se puede deber a que Peirce no tenía una idea clara de lo que es el lenguaje; era, en cambio, un gran epistemólogo.

El núcleo de la posición radical de Eco es que se remonta a la idea de que hay una historia del signo que se remonta por caminos filosóficos hasta el comienzo de "nuestra cultura": cuando se inagura el pensamiento griego surge una reflexión sobre el sema (significado/señal), el semeion (signo), el nous (intelecto).

Según Fabbri, las estrategias que constituyen el paradigma semiótico son:

Una clasificación a priori de los signos (lingüísticos y no lingüísticos): empieza clasificando los tipos de signos (morfología), y continúa con el estudio de las maneras de pasar de un signo a otro (sintaxis). Para la semiótica de Eco, el signo es un reenvío: está presente cuando algo se encuentra en el lugar de otra cosa. Ese reenvío se puede explicar a partir del modelo de la inferencia lógica: inducción (de lo particular a lo general), deducción (de lo general a lo particular) y abducción (de lo conocido a lo desconocido)

Marco textual: se refiere al marco en que tienen lugar esas inferencias (movimientos de signo a signo). El texto en el que se piensa es eminentemente lingüístico. Así, después de haber proclamado la importancia teórica de lo no lingüístico (y de un interesé más o menos acusado por los signos arquitectónicos, visuales, cinematográficos, etc), el texto ha vuelto a ser el modelo de todos los funcionamientos semióticos, tanto si es un texto literario (de cultura relativamente alta), como un texto de los medios de comunicación de masas (de cultura llamada baja).

Reconstrucción de los modos en que la filosofía ha pensado la problemática de los signos. Trata de construir un posible pedigrí intelectual para la disciplina y, a su vez, es la idea de mostrar cómo se ha llagado a cierta imagen del signo. Sobre este punto cita el caso de San Agustín:

Si estudian el De civitate dei pueden descubrir que Agustín utilizaba una semántica con instrucciones [...] Pero luego, cuando vemos el modo en que Agustín analiza una frase (pongamos de siete u ocho palabras), resulta que el filósofo sostiene que está formada por siete u ochos signos. Y es desconcertante: Agustín llama signos, sin ningún problema y sin diferenciarlos, a una conjunción, un verbo, un nombre, un artículo, etc., pero también a la propia frase en su conjunto.
Esto genera el problema de la posibilidad de una reconstrucción histórica coherente de todo un pasado en el que se ha utilizado el término signo para indicar cosas muy distintas.

Pars destruens

Analiza, entonces, los resultados de esa restricción historiográfica.

La imagen del léxico. Fabbri tiene la impresión de que la noción de signo es un obstáculo del tipo epistemológico para la semiótica, dado que cuando se piensa en el signo se tiene en mente algo sustancialmente parecido al sistema del léxico. Por otra, parte, la semiótica debería interesarse por el modo en que producimos sistemas y procesos de significación mediante cierto tipo de organización (fonética, icónica, gestual, etc.). Señala, a su vez, que un sistema de significación no es un conjunto de signos.

Entiende que es preciso superar este obstáculo epistemológico de la noción de signo, porque no da cuenta de la complejidad de la lengua. La semiótica que razona por signos se ha detenido en el dominio del léxico.

Códigos y deconstruccionismo. Este obstáculo epistemológico está unido a la imagen que tenemos de lo que relaciona los signos entre sí. Así, a la idea de un signo pensado como simple entrada léxica se le asocia la de una gramaticalidad imaginada como codificación apriorista: si hay signos y comunicación es porque hay un código subyacente que regula sus funcionamientos, posibilidades y límites.

La idea de deconstrucción obedece precisamente a que se toma en serio la noción semiótica de código, con la consiguiente radicalización. La descodificación no se entendía como una operación unida a la comprensión, sino como una acción de ruptura de los códigos para poder librarla de enemigos solapados.

Esto derivó en una contradicción muy fuerte de la semiótica consigo misma. La afirmación inicial de Eco era la obra abierta: cada signo puede remitir a otro prácticamente hasta el infinito. Los partidarios del desconstruccionismo tomando esa idea afirmaron que cualquier texto se puede poner en contacto con todo. Ante esto, Eco tuvo que pensar en una posibilidad de control: criterios que establecan la separación necesaria entre las explicaciones aberrantes y las interpretaciones correctas.

Pars construens

Fabbri considera necesario volver a pensar todos los problemas relacionados con el significado, el texto, el código y el signo. Propone: "los signos no son perceptibles como tales a través de un léxico (asignación apriorista del significado) ni a través de una enciclopedia (reconstrucción de la significación con criterios de tipo cultural). Así, la semiótica debe estudiar los sistemas y procesos de significación y pensar a los signos como estrategias necesarias para hacer que funcione el sentido, para articular significación.

Agrega, a los de Barthes y Eco, un tercer programa: la glosemática de Louis Hjelmslev, para quién los signos sólo son sucesos determinados históricamente. De este modo, si se procura dividir el significado de la lengua en unidades elementales (sememas), se verá que la combinación de éstas produce distintas unidades de significado, que los contextos hacen pertinentes.

Este análisis presupone dividir las dos caras del signo es un plano de la expresión (significante) y un plano del contenido (significado). Esta comparación conduce a una conclusión inevitable: expresión y contenido se presuponen recíprocamente pero no son en absoluto coincidentes.

Teóricos como Derrida han simplicado el asunto y cometido un equívoco garrafal al identificar el significante con lo perceptivo y el significado con lo conceptual; fuera de eso se encontraba la realidad. Una semiótica pensada así introduce una idea muy extraña: la de que la semiótica no se ocupa de cosas reales, no se ocupa de quien intercambia signos, dado que no es más que trabajo sobre signos (es decir, la problemática de las relaciones entre el signo y la realidad. Esta imagen de la semiótica todavía está muy vigente.

Palabras, cosas y objetos

Durante algún tiempo la propia semiótica declaró que no disponía de ninguna estrategia de correlación entre los signos y las cosas. Foucault y Deleuze, han tratado de la importancia de las formaciones discursivas: hay que relacionar una forma de la expresión con una forma del contenido.

En el análisis foucaultiano de Vigilar y castigar, según Deleuze, la ilegalidad se entiende como una forma del contenido, y la cárcel como una forma de la expresión. En este sentido, el problema fundamental es que no hay oposiciones entre las cosas y las palabras. La única realidad, decía Foucault, no está en las palabras ni en las cosas, sino en los objetos.

Esta es una hipótesis esencial: pensar que existen objetos: conjuntos orgánicos de formas y sustancias. Lo que nos libera definitivamente de la idea de que es preciso descomponer los objetos en unidades mínimas de significados.

La idea básica del giro semiótico es: no se puede descomponer el lenguaje en unidades semióticas mínimas para recomponerlas después y atribuir su significado al texto del que forman parte. En cambio, podemos crear universos de sentidos particulares para reconstruir en su interior unas organizaciones específicas de sentido, de funcionamientos de significados, sin pretender con ello reconstruir, al menos de momento, generalizaciones que sean válidas en última instancia.

El hojaldre y los dos sesos

Si aceptamos una hipótesis de este tipo se puede descartar una idea del lenguaje modelada sobre la escritura. Lo que lleva a eliminar otra de las grandes contraposiciones de la semiótica entre lo analógico y lo digital. Lo analógico corresponde a las cosas que se parecen a sus referentes, mientras que lo digital tiene que ver con todo lo que está caracterizado con cierta discontinuidad.

Cuadros, átomos, partes del discurso

En el lenguaje existen dos niveles: organización expresiva y organización del contenido, niveles que establecemos dentro de los objetos. Según Penrose, hay una organización del pensamiento al margen de la expresión inmediatamente lingüística. Lo que significa que es posible que unas formas de signos distintas del lenguaje verbal sean capaces de organizar formas del contenido, que el lenguaje verbal no es necesariamente capaz de transmitir.

Los signos se deciden en función del tipo de segmentación que hacemos en el texto. Dependerá del plano de pertinencia de análisis en el que decidimos movernos. Sólo existen textos de objetos complejos.

Para la semiótica hay que transformar el sentido en significación, no hay categorías y partes de significado antes de la comunicación. Lo que hay son subdistinciones del flujo del sentido que se hacen en el preciso momento en que se verifica el proceso comunicativo. La semiótica se propone reconstruir los criterios de pertinencia para formar en cada ocasión el significado de los textos.

Acción y pasión

La investigación actual modifica la imagen que tenemos de la semiótica y la idea de que los signos son representaciones. Para ello hay que hacer una serie de operaciones.

La primera es recurrir a la narratividad: un modo de poner en movimiento la significación. La narratividad tiene una función configurante. El sentido depende de una articulación semántica global que es de tipo narrativo y configura un universo de significados de un modo totalmente autónomo.

La noción de narratividad convierte la semiótica en una teoría de la acción. Según esta idea el lenguaje no sirve para representar estados del mundo, sino para transformarlos, modificando al mismo tiempo a quien lo produce y lo comprende.

El segundo movimiento teórico es añadir a la noción de narratividad un estudio las pasiones. La relación narrativa entre acción y pasión puede servirnos para introducir la dimensión de la afectividad. Altera el viejo modelo semiótico construido sobre simientos congnitivos y referenciales.

Niveles semióticos y eslabones que faltan

La semiótica es una disciplina eminentemente filosófica porque trabaja con las imágenes del pensamiento subyacentes a los textos que sabe y quiere analizar. Fabbri plantea cuatro niveles semióticos: el empírico, el metodológico, el teórico y el epistemológico.

El nivel empírico. La semiótica tiene el deber de poner en contacto con todas las prácticas complejas de significación de las que pueden «desimplificarse» funcionamientos de sentido. El nivel metodológico. Fabbri entiende por métodos una serie de conceptos formados e interdefinidos, pero sobre todo responsables de su propia interdefinición. Nivel teórico. En él debemos ser capaces de definir y justificar las categorías que se usan en el momento empírico y metodológico. Nivel epistemológico. Según Fabbri, todas las buenas teorías deben explicitar su posición filosófica.

Fabbri dice que los eslabones faltantes que menciona en el título del apartado son los eslabones que deberían unir estos cuatro niveles.

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