domingo, 29 de marzo de 2015

#Resumen Humphrey Davy Findley Kitto - "La formación del pueblo griego"

Jenofonte (Ξενοφῶν 431 a.C. - 354 a.C.) refiere un incidente en la expedición de los Diez Mil, mercenarios reclutados por Ciro el Joven para que lo ayudasen a echar a su hermanastro del trono de Persia. Los disciplinados y aguerridos griegos derrotaron fácilmente al ejército persa, pero Ciro fue muerto. Los griegos se hallaron a tres meses de marcha de su hogar, sin conductor, sin paga y sin propósito, como un cuerpo no oficial, internacional, que no debía obediencia a nadie fuera de sí mismo.

Los expedicionarios deseaban regresar a sus hogares. Resolvieron irrumpir hacia el norte, con la esperanza de alcanzar el Mar Negro. Eligieron general al propio Jenofonte. 

Algunos perecieron, pero no muchos; pese a todo sobrevivieron como fuerza organizada. Un día, según leemos en la Anábasis de Jenofonte, éste se hallaba al frente de la retaguardia mientras las tropas de exploración trepaban hacia la cima de un desfiladero. Cuando los exploradores llegaron a la cumbre, empezaron de pronto a dar voces: "¡Thálassa!, ¡Thálassa!". Thálasa es la palabra griega para "mar". Como expresó uno de los Diez Mil: "Podemos terminar nuestro viaje como Odiseo, reposando sobre nuestras espaldas".

La palabra thálassa, tan eminentemente griega, no es en absoluto una palabra de este origen. Para ser más precisos: el griego es un miembro de la familia de las lenguas indoeuropeas; sin embargo, la voz empleada para designar una cosa tan griega como el mar no es indoeuropea. ¿Dónde la encontraron los helenos?

Hay en griego dos clases de palabras que no reconocen ese origen: las terminas en -assos o -essos (como thálassa), por lo general nombres de lugar y las terminadas en -inthos, tales como Kórinthos, labyrinthos. Así, es posible que Corinto haya sido en su origen una colonia extranjera. Pero hay algo aún más sorprendente, "Atenas" no es un nombre griego tampoco y tampoco la diosa Atenea. Atenea no es griega, y hay motivos suficientes para suponer que ella y su pueblo son anteriores a los griegos.

Resulta tentador ver en la leyenda del conflicto entre Atenea y el dios Poseidón —éste sí de origen helénico— el recuerdo del choque, en el Ática, entre un pueblo helénico que llegaba y los aborígenes adoradores de Atenea, choque que tuvo desenlace pacífico, pues los naturales absorbieron a los recién llegados.

Herodoto, al referirse a las dos ramas principales del posterior pueblo griego, los jónicos y los dorios, llama a los dorios "helénicos". Prosigue con estas palabras: "No puedo decir con seguridad cuál fue el idioma utilizado por los pelasgos, pero conjeturando por los que todavía existen... parece que hablaban un idioma bárbaro". "Bárbaro" quería decir simplemente "no helénico". Los atenienses pretendían ser los conductores y la metrópolis de los griegos jónicos y también pretendían ser indígenas.

Si pudiésemos confiar en las tradiciones, así sería el cuadro: una raza indígena no helénica habitaba el Ática y el Peloponeso. En un momento —imposible de determinar, pero necesariamente anterior al 1100—, unos pueblos que hablaban griegos emigraron a esta región e impusieron su idioma a aquellos. Los griegos dorios de alrededor de 1100 no fueron los portadores de la lengua griega a Grecia, puesto que fueron precedidos, por lo menos en dos siglos, por los griegos aqueos.

Pero ¿hay alguna razón para dar crédito a estas tradiciones? Tucídides trataba las tradiciones como datos históricos —de cierta especie— que debían ser sometidos a la crítica y utilizado de un modo adecuado. Tucídides, como la mayor parte de los griegos, creía en la verdad general de las tradiciones. Al respecto de Minos, el lengendario rey de Creta, escribe:

Minos es el primer gobernante del que tenemos noticia, el cual poseyó una flota y controló la mayor parte de las aguas que ahora son griegas. Gobernó las Cícladas y fue el colonizador de muchas de ellas. Puso a sus propio hijos como gobernadores. Muy probablemente, limpió el mar de piratas, en la medida en la que le fue posible, para asegurar sus propios bienes.

Hacia 1870, Heinrich Schliemann fue a Micenas y a Troya y desenterró las dos ciudades de Homero. Posteriormente, Sir Arthur Evans fue a Creta y prácticamente exhumó al rey Minos y su imperio insular. Es, pues, bastante claro que enres loc comienzos del tercer milenio y más o menos el año 1400 a.C. Creta, particularmente la ciudad de Cnossos, fue el centro de una brillante civilización que se expandió por el mundo egeo en todas direcciones. Como Cnossos no estaba fortificada, sus amos tuvieron que vigilar los mares, tal como lo dice Tucídides.

Este es un importante ejemplo de la general verosimilitud de la tradición en el mundo griego. La historia del Minotauro constituye otro ejemplo. La primera mitad del nombre Minotauro es evidentemente Minos, y la segundo mitad, "tauros", significa en griego toro. En Cnossos adoraban al toro y, si algo en la antigüedad parece un laberinto, es el planto del vasto palacio desenterrado por Evans. Seguramente el Ática estuvo sujeta a la influencia cultural cretense y es muy posible que también estuviese sometida a su dominio político. No es, por consiguiente, aventurado suponer que los señores de Cnossos exigiesen jóvenes de las familias nobles de Atenas como rehenes.

[Dato: La guerra de Troya (1194-1184)]

Atenas y Argos se distinguían entre las ciudades griegas en la época clásica por tener como deidad principal no a un dios, sino a una diosa, Atenea y Hera Argiva. Muchas de las imágenes de culto descubiertas en Creta muestran que este pueblo adoraba a una diosa de la naturaleza, un símbolo de la fertilidad de la tierra. Las deidades helénicas, en cambio, fueron preferentemente masculinas. Zeus es puramente helénico. Tenía una consorte helénica muy misteriosa, Dione. Pero en la mitología griega su consorte era la argiva Hera, y un Himno homérico nos asegura que ésta se había resistido a desposarse con él, no sin razón, según se expresa. Una vez más, se trata de una fusión de dos pueblos de diferentes culturas, en apariencia de distintas lenguas, y posiblemente también de otro origen racial.

Entonces, de ningún modo deben descartarse las tradiciones que pretenden ser históricas. Heródoto, un ávido averiguador que no carecía de crítica, consideraba a los griegos jónicos como un pueblo "bárbaro" que había sido helenizado. Es posible mostrar que tenía razón. 

En las observancias religiosas de la Grecia clásica existe una especie de dualismo que se comprende muy bien si admitimos que la cultura griega desciende de otras dos profundamente distintas.  Los verdaderos dioses olímpicos estaban íntimamente ligados con el organismo social. Eran también dioses de la naturaleza, pero sólo en el sentido de que explicaban ciertas fuerzas naturales. Junto a los cultos olímpicos y en abierto contraste con ellos, existía en Grecia otros basados en los misteriosos poderes vivificantes de la naturaleza. Estos misteriosos cultos interesaban al individuo, mientras que los olímpicos atañían al grupo; aquéllos enseñaban doctrinas de reencarnación, de regeneración, de inmortalidad; éstos no enseñaban nada: sólo les concernía la celebración de los honores debidos a los inmortales e invisibles miembros de la comunidad. Las diosas procedían en línea recta de la Creta minoica.

La Creta minoica comienza en la edad neolítica, alrededor del año 4000 a.C., ha alcanzado la Edad de Bronce hacia el año 2800 a.C., y posteriormente florece hasta que Cnossos es saqueada y destruida alrededor de 1400 a.C.

Se inicia en Cnossos, se extiende a otros lugares de Creta; luego en forma gradual a las islas de Egeo y a muchas partes no sólo de la Grecia meridional sino de las costas de Asia Menor y hasta de Palestina. A partir de 1600 algunas zonas del continente griego comienzan a rivalizar con la propia Cnossos como centros de civilización y después de la destrucción de esta ciudad se convierten en sus herederas: entre éstas la principal es Micenas; de aquí que esta tardía rama de la antigua cultura minoica sea conocida por civilización micénica. Una antigua etapa de esta civilización, imperfectamente recordada, es lo que constituye el fundamente de la Ilíada.

La ausencia de fortificaciones confirma que se asentaba políticamente en el poder marítimo; los vastos edificios dan fe de su riqueza. El complejísimo plano del palacio de Cnosso sugiere que era un centro de administración más que una fortaleza. En general, nuestra impresión es de una cultura alegre, aristocrática, en la que se destacan en primer plano la caza, las acometidas de toros y las acrobacias.

El arte de los minoicos nos habla directamente; las demás cosas lo hacen en forma indirecta, mediante inferencias. Conocieron, por cierto, el arte de la escritura; poseemos muestra de ello, pero no podemos leerla.

Sabemos algo sobre su linaje, que pertenecían a esa raza "mediterránea" de hombres delgados, de piel oscura y cabellos negros (por eso Brad Pitt le causa gracia a Sinnott), que fueron oriundos del norte de África.


El último arte cretense lleva directamente a la cultura "micénica" del continente, aunque con agregados de nuevos rasgos. El plano del palacio típico tenía más aspecto de fortaleza (circunstancia que explicarían las condiciones más turbulentas del continentes) y los cuartos parecen haber sido menos abiertos, como si el estilo hubiese tenido origen en un clima más rigoroso. Otra diferencia es la gran importancia que adquiere la figura human en la pintura de vasos.

¿Quiénes eran los hombre que forjaron esta cultura micénica? Lo que parece más probable es que estamos ante una población predominantemente no griega muy influida por Creta y semejante al pueblo cretense, pero dominada por una aristocracia griega de aurigas recién llegados.

Los "aqueos de cabello rubio" de Homero, hombres de cabellos rojizos (xánthoi), que se distinguían de los de cabellera negra a quienes gobernaban. Los reyes nacidos de Zeus que aparecen en Homero constituían una aristocracia casi feudal cuyos súbditos inertes desempeñaban un pequeñísimo papel en la guerra o en la política. Las armas aqueas de hiero habían demostrado ser superiores a las micénicas de bronce, pero en general la cultura micénica era más elevada.

Alrededor de 850 a. C., cuando Homero escribió, la invasión doria de 1100 había cambiado por completo el mapa de Grecia. Micenas era un lugar de escasa importancia, y la costa de Asia, patria de Homero, se había hecho griega. Sin embargo, la Ilíada conserva con plena fidelidad una descripción de Grecia del siglo XIII. Pero lo interesante de la inexactitud es que el arte y los artículos de lujo que describe Homero son atribuidos a los fenicios. Su fabricación nacional se había olvidado por completo y hubiese parecido algo increíble. Los aqueos eran rudos conquistadores sin ningún arte y más todavía los dorios que vinieron después.

Otra contradición. En Homero los muertos son quemados, pero la costumbre nativa era sepultarlos. En Homero encontramos la religión olímpica de los dioses celestiales; no hay huellas de las diosas terrestres de Creta y de Egeo. La tradición homérica es exacta hasta donde llega, pero es la tradición de una pequeña clase conquistadora.

Cnossos fue destruida, seguramente por invasores de ultramar, hacia 1400 a.C. Si damos crédito a las genealogías, Pélops atravesó el Egeo y se unió por matrimonio con la famlia real de Elis, cerca de Olimpia, en la primera mitad del siglo XIII, en tanto que su nieto Agamenón condujo hasta Troya a los aqueos unidos muy a comienzos del siglo XII (tradicionalmente 1194). La decadente Edad micénica llegó a su fin al concluir el siglo XII. Los dios iniciaron una Edad Oscura, tres siglos de caos, después de la cual empieza a surgir la Grecia clásica.

Si comparamos el arte de la Grecia clásica con el arte minoico, hallamos una significativa diferencia. Lo mejor del arte minoico posee todas las cualidades que el arte puede tener, menos el consumado intelectualismo del arte griego. Esta condición intelectual del arte griego nos remite a los helenos y no sin pruebas.

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