lunes, 30 de marzo de 2015

#Resumen Jean-Pierre Vernant - "Los orígenes del pensamiento griego"

El desciframiento de la escritura lineal B micénica profundizó la perspectiva cronológica del cuadro dentro del cual se sitúa el problema de los orígenes del pensamiento helénico. El mundo griego más antiguo, Cnosos, Pilos o Micenas, difiere del presente en la lectura de Homero: es otra sociedad, un mundo humano diferente el que se descubre en la Ilíada, como si desde la edad homérica los griegos no pudieran comprender ya exactamente el rostro de la civilización micénica a la cual se vinculaban y que, por intermedio de los aedos, creían hacer resurgir del pasado.

La religión de la Grecia clásica hunde sus raíces muy directamente en el pasado micénico. Pero en otros dominios se evidencia una profunda ruptura. Cuando en el siglo XII el poderío miscénico se quiebra bajo el avance de las tribus dóricas, se destruye para siempre toda una forma de vida social, que tenía como centro al palacio, queda definitivamente abolido el Rey divino. La desaparición del rey pudo preparar al término de lo que se denomina Edad Media griega una doble innovación: la institución de la Ciudad y el nacimiento del pensamiento racional.

En la época geométrica (900 a.C. - 750 a.C.), Grecia se reconoce en una cierta forma de vida social y en un tipo de reflexión que definen a sus propios ojos su originalidad, su superioridad sobre el mundo bárbaro: la vida política griega quiere ser objeto de un debate público. Si queremos levantar el acta de nacimiento de esta Razón griega, indicando lo que le debe al mito, deberemos comparar, confrontar con el telón de fondo del pasado micénico, este viraje del siglo VIII al siglo VII en que Grecia toma una nueva orientación y explora los caminos que le son propios.

El cuadro histórico

En los albores del segundo milenio, el mundo egeo y la península griega se relacionan sin discontinuidad ni étnica ni cultural. Cuando Creta se separa del cicládico y construye en Festo, Malia y Cnosos su primera civilización palatina (2000-1700), queda orientada hacia los grandes reinos del Cercano Oriente.

Entre los años 2000 y 1900 a. C. irrumpe en la Grecia continental una población nueva. Los invasores, los minios, forman la vanguardia de las tribus que en oleadas sucesivas vendrán a fijarse en la Hélade. Esos antepasados del hombre griego pertenecen a pueblos indoeuropeos, ya diferenciados por su idioma y que hablan un dialecto griego arcaico. El pueblo que edifica Troya VI (1900), ciudad principesca, más rica y poderosa que nunca, es pariente próximo de los minios de Grecia.

Otro rasgo de civilización subraya las afinidades de ambos pueblos sobre las dos riberas del Mediterráneo, el caballo. «Rica en caballos» es en el estilo formulista que Homero recoge de una antiquísima tradición oral, el epíteto que recuerda la opulencia de Troya. Los minios de la Grecia también conocían el caballo: debían haber practicado su domesticación en las estepas en que se habían detenido antes de su llegada a Grecia. La prehistoria del dio Peseidón muestra que, antes de reinar sobre el mar, un Poseidón equino asociaba en el espíritu de los primeros helenos el tema del caballo a todo un complejo mítico: caballo-elemento líquido; caballo-aguas subterráneas, mundo infernal, fecundidad; caballo-viento.

El lugar del caballo en una sociedad depende en gran medida de su utilización para fines militares. Una estelas funerarias descubiertas en el círculo de tumbas en fosas de Micenas (1580-1500), representan a un guerrero de pie en su carro, que llevan al galope dos caballos. Para esta época, la vida urbana de la Grecia comienza a desarrollarse al pie de las fortalezas que son residencias de los jefes. Los minios estrechamente mezclados con la población local, en pleno auge tras la reconstrucción de los palacios destruidos por primera vez hacia 1700, le han revelado un modo de vida y de pensamiento enteramente nuevo para ellos. Se ha iniciado ya esa cretización progresiva del mundo micénico que culminará, después de 1450 a.C., en una civilización palatina común a las islas y a la Grecia continental.

La necesidad de disponer de una reserva numerosa de carros a fin de concentrarlos en el campo de batalla, supone un Estado centralizado. La fuerza militar del reino micénico, desde 1450 pudo dominar Creta, establecerse en el palacio de Cnosos y ocuparlo hasta su destrucción final, el incendio de 1400. La expansión micénica, que se prolongó desde el siglo XIV hasta el siglo XII, lleva a los aqueos a apoderarse, en el Mediterraneo oriental, de las paradas de postas de los cretenses, a quienes en mayor o menor medida reemplazan por todas partes, con ciertos desplazamientos en el tiempo según los lugares.

La monarquía micénica

No se puede tener la pretensión de dar el esquema de la organización social micénica.  Sin embargo, hay acuerdo sobre algunos puntos a destacar.

La vida social aparece centrada en torno al palacio, cuya función es religiosa, política, militar, administrativa y económica a la vez. En este sistema de economía que se denomina palatina, el rey concentra y reúne en su persona todos los elementos del poder. Aparentemente, la administración real reglamentaba la distribución y el intercambio, así como la producción de los bienes.

Por su parte, la economía rural de la Grecia antigua aparece dispersada en la escala de la aldea; la coordinación de los trabajos no va más allá del grupo de los vecinos.  En todos los peldaños de la administración palatina hay un vínculo personal de sumisión que une a los distintos dignatarios del palacio con el rey; estos no son funcionarios al servicio del Estado sino servidores del rey, encargados de manifestar, dondequiera que su confianza los haya colocado, aquel poder absoluto de mando que se encarna en el monarca.

Las diferencias que separan al mundo micénico de la civilización palatina de Creta que le ha servido de modelo se plasman en la arquitectura de sus palacios. Los de Creta están edificados en el mismo plano que la tierra circundante, sobre la que se abren sin defensa. Por otra parte, como en la Odisea, la mansión micénica, con el mégaron y la sala del trono en el centro, es una fortaleza rodeada de muros, una guarida de jefes, que domina y vigila el llano que se extiende a sus pies. Su función parece, sobre todo, defensiva: preserva el tesoro real (geras), símbolos de poder e instrumentos de prestigio personal que expresan en la riqueza un aspecto propiamente regio. Estos bienes constituyen la materia de un comercio generoso que desborda ampliamente las fronteras del reino; establecen vínculos de hospitalidad o son objeto de competición y conflicto: como se los recibe de regalo, se los conquista también armas en mano.

En la cima de la organización social, el rey (ánax). Su autoridad parece ejercerse en todos los niveles de la vida militar, económica y religiosa. Al lado del ánax, el segundo personaje del reino, el jefe laós (el pueblo en armas); los hepetai, jefes puestos al frente de una okha (unidad militar que aseguran las relaciones de la corte con los comandos locales). 

En cuanto al régimen territorial, presenta dos variantes: las tierras privadas con propietarios y las adscriptas al damos, tierras comunales de los demás aldeanos. La tierra del hombre del servicio feudal, el guerrero, depende directamente del palacio y retorna a éste cuando se interrumpe el servicio. Por el contrario, los «hombres de herramientas» disponen de una tierra llamada «de aldea» que la colectividad rural les concede durante un tiempo y que recupera cuando ellos se van. Estas dos formas diferentes de tenencia del suelo responderían en la sociedad micénica a una polaridad: frente al palacio se entrevé un mundo rural. En esos «demos», los aldeanos disponen de una gran parte de las tierras en las cuales se asientan. Es en ese cuadro donde aparece el personaje que lleva el título del basiléus homérico. No es precisamente el rey en su palacio, sino un simple señor, dueño de un dominio rural y vasallo del ánax.

Junto al basiléus, un Consejo de los Ancianos (gerousía) confirma esta relativa autonomía de la comunidad aldeana. En esta asamblea intervienen los jefes de las casas más poderosas. Los simples villanos, hombres del damos, preveen de peonaje al ejército. El korete aparece como una suerte de perfecto de aldea. El basiléus tendría prerrogativas principalmente religiosas; el korete, ejercería una función militar.

Rasgos de la monarquí micénica:

1) Aspecto belicoso. El ánax se apoya en una aristocracia guerrera que constituyen, dentro del cuerpo social un grupo privilegiado, con su organización particular, su modo de vida propio.

2) Las comunidades rurales, el damos tendría que alimentar a los reyes y a los ricos señores del lugar por medio de entregas, obsequios y prestaciones más o menos obligatorias.

3) La organización del palacio, sus técnicas de contabilidad y de control, presenta un carácter de imitación. Todo el sistema reposa sobre el empleo de la escritura y la constitución de archivos.

La invasión dórica destruye todo este conjunto. Aislado, replegado sobre sí mismo, el continente griego retorna a una forma de economía puramente agrícola. El mundo homérico no conoce ya una división del trabajo comparable a la del mundo micénico ni el empleo en una escala tan vasta de la mano de obra servil.

Al caer el imperio micénico, el sistema palatino se derrumba por entero. El término ánax desaparece del vocabulario propiamente político. Lo reemplaza la palabra basiléus, cuyo valor estrictamente local hemos vistos y que designa una categoría de grandes que se sitúan en la cúspide de la jerarquía social.

La escritura misma desaparece, como arrastrada por el derrumbe de los palacios. Cuando los griegos vuelven a descubrirla, a fines del siglo IX, tomándola esta vez de los fenicios, no será sólo una escritura de otro tipo, fonética, sino producto de una civilización radicalmente distinta: no la especialidad de una clase de escribas, sino el elemento de una cultura común. La escritura no tendrá ya por objeto la creación de archivos para uso del rey en el secreto de un palacio, sino que responderá en adelante a una función de publicidad. [Escritura pública -no palacial- s. IX a. C.]

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