sábado, 3 de febrero de 2018

#Resumen Armando Petrucci - Leer en la Edad Media

Proponemos un análisis de la lectura durante la Edad Media concebida como el estudio de las ténicas y de los comportamientos, individuales o colectivos, frente al acto de leer considerad a la vez bajo su aspecto psico-físico, cultural y social.

En la antigüedad tardía dos novedades habían modificado los modelos y las técnicas de lectura: 1) la división del texto evangélico en «cola et commata», lo que permitía una lectura más fácil, accesible incluso para los semianalfabetizados, y 2) en el ambiente ede la comunidad cristiano-copta de Egipto en el curso del siglo iv, la invención de los libros miseláneos, colecciones de textos diversos de autores diferentes transcritos unos a continuación de otros. Enlazados, a veces, por un tema común, podían estar sencillamente yuxtapuestos sin ninguna lógica aparente.

La antigüedad tardía también dejó en herencia diferentes modos de lectura. La «sedula lectio», una lectura silenciosa propia del docto que se apropia del texto para instruirse, comentarlo o cotejarlo, sólo o con algunos colaboradores de su elección y la «simplicissima lectio», una operación esencialmente litúrgica, pública, para la ocasión, y, por tanto, «pronuntiata» en voz alta.

En el ámbito de la cultura escrita de la alta Edad Media parece que el fenómeno más importante fue la evidente divergencia entre prácticas de escritura y prácticas de lectura.El uso extendido de la escritura continua, sin espacios de separación entre las palabras, el uso de las mayúsculas sin reglas, la puntuación escasa y arbitraria hacía evidentemente de la lectura una operación penosa.

La escritura no estaba al servicio de la lectura, obedecía a sus propias reglas de composición y a sus propios ritmos de ejecución.

El uso de la escritura continua, por ejemplo, respondía a la necesidad de orden estético. Servía para garantizar que la págian tuviera una armonía general. Según Paul Saenger, la separación de las palabras habría aparecido en el siglo viii en unos manuscritos ejecutados en las islas británicas. La situación, sin embargo, era más confusa y compleja. En efecto, entonces había dos prácticas corrientemente extendidas: la de la escritura continua y aquella que consistía en separar los grupos de letras de manera irregular y totalmente arbitraria.

El escriba de la alta Edad Media estaba destinado y preparado para la escritura, no para la lectura. En efecto, se tiene la impresión de que la importante categoría de los semialfabetizados, laicos o eclesiásticos, que de una manera u otra eran capaces de escribir algo no tenían, de hecho, ninguna familiaridad con la lectura y los libros: el área de los lectores era aún más reducida que la de las personas capaces de escribir.

Por su parte, las condiciones generales no incitaban en absoluto a leer. Los libros estaban conservados en unos locales que habitualmente se prestaban mal para la lectura, como la celda, el refectorio y el claustro. La lectura era, pues, una actividad ardua y, en consecuencia, bastante rara; también era, por más sorprendente que parezca, una ocupación marginal. Con la época carolingia se asiste al aumento de la producción y de la circulación de los libros. Pero todo esto no es suficiente para modificar radicalmente las condiciones generales de lectura, que siguen siendo muy penosas; aunque la adopción de la nueva escritura unificada, la minúscula carolingia, permitió una mejora objetiva del modelo de lectura.

En el curso del siglo xi sobrevinieron otras modificaciones encaminadas a facilitar la lectura: una afirmación progresiva y extendida de la escritura separada; el uso del guión para las palabras que no terminaban en la línea; el uso del doble punto diacrítico sobre las i seguidas; el uso de la forma mayúscula para la s cuando la letra se encuentra al final de una palabra.

En los siglos xii y xiii se produjo un aumento general de la difusión de la lectura y de la escritura, aumento progresivo de la producción de documentos escritos y de actos de escritura privados, aumento de la circulación de libros, y creación de nuevas estructuras y de nuevas instituciones culturales (grandes escuelas, universidades).

Entre esos siglos se produjo una transformación radical del modelo, de las ténicas y de las condiciones generales de lectura. El libro del período escolástico-universitario difiere de su predecesor de la alta Edad Media: necesita soportes fijos, la escritura está dispuesta en dos columnas, la línea del texto coincide con la cantidad de texto que es posible abarcar y comprender con un solo vistazo; el texto está cuidadosamente articulado en una serie de divisiones y subdivisiones (capítulos, parágrafos, subparágrafos) más detallados que en el pasado, cuyo fin es facilitar la comprensión y, sobre todo, la consulta.

La lectura se hace incomprablemente más rápida, se transforma en una práctica, la consulta, que es la propia del investigador profesional.Adopta como objetivo la preparación cultural y la actividad dinámica y científica del nuevo intelectual profesional, sea laico o religioso.

Ya no está separada de la escritura; se lee para escribir: este es todo el sentido de la compilatio; se lee y se escribe a la vez cuando se comenta y cuando se anota; se escribe leyendo cuando se compone, porque todo texto está —necesariamente— basado en la «auctoritas» de los predecesores y en el uso permanente de la cita.

Los cambios afectaron a sus condiciones mecánicas, sus lugares y espacios. Las bibliotecas se transformaron en salas de lectura en común, que también podían ser disfrutadas por los laicos.

La ideología de la lectura sufrió una transformación total en el nuevo universo de la cultura oficial, dominada en adelante por la figura del enseñante público. La «lectio» es una lectura que compartiendo y comentando los texstos, los fija de una manera autoritaria y les impoente una jerarquía: se lee para alguien activamente, pero se lee a través de alguien pasivamente. Con sus reglas fijas de intercambio desigual, se convierte en el modelo predominante de la lectura individual y común de los siglos xiii y xiv europeos.

Modelo predominante, pero no único. LA alfabetización creciente de los laicos dio origen a obras literarias en lengua vulgar y a su difusión. La gran masa de lectores de obras en lengua vulgar estaba compuesta por personas alfabetizadas esencialmente monolingües que, aunque no sabían latín, habían aprendido a leer y escribir.

El libro en lengua vulgar era escrito en el interior de su ambiente de lectura, para los mismos lectores que copiaban sus textos para su propio uso, el de sus niños o de sus amigos. Libros de papel, de formato medio, en escritura no típica y cursivas dispuestas sobre la página entera; el texto se presentaba sin comentarios, con una ilustración y una ornamentación sencillas. Estos libros eran conservados en el arca familiar con los papeles importantes, los libros de cuentas y toda la documentación de la casa. La lectura se hacía en la casa, en la tienda, en el mostrador, en cualquier parte donde fuera posible.

Para la lectura cortesana, el libro es en pergamino, de formato medio o pequeño, escrito en escritura formal a dos columnas, iluminado y adornado más o menos ricamente, carente de comentarios. Esta lectura se integra en una «paideia» más compleja y orgánica, que incluye las artes dela conversación, dela música y del cuerpo. A menudo, es un asunto más de mujeres que de hombres.

En Florencia, entre los siglos xiv yxv, se produce una completa renovación del tipo de libro: formato reducido, mediano o pequeño, casi cuadrado, ausencia de comentarios, desaparacióne del siste fijo y visible de división y de organización del texto y revolución en el sistema gráfico: la gótica literaria es sustituida por una minúscula imitada de la carolina, mientras que una letra capital de tipo romano reemplaza a las mayúsculas de estilo gótico. Además, prácticamente desaparecen las abreviaturas, tan abundantes en los libros de la tradición universitarias.

La lectura tuvo que volver a un ritmo lento y reflexivo, concentrarse en el texto que había quedado como único dueño de la página; la consulta, privada de los instrumentos subsidiarios que le había proporcionado la cultura universitaria, tuvo que modificar sus ritmos y su funcionamiento. Sustituyó un siste gráfico compacto, por un sistema aireado en el cual las palabras estan desde ahora separadas las unas de las otras.

Este fenómeno se convirtió, más tarde, en una de las características propias de los modos de lectura propios de la imprenta.

Los modos de lectura del siglo xv continuaron obedeciendo a las reglas elaboradas en la época anterior en el ambiente de la cultura escolástica-universitaria para todo lo que concierte a las condiciones materiales de lectura. La ruptura decisiva con el pasado no se produciría hasta el último cuarto del siglo xv, cuando se extraerían las consecuencia de tres innovaciones que habían tenido lugar en el ámbito de la cultura escrita: la creación de Bibliotecas de Estado, la presencia simultánea en el sistema de lectura de libros manuscritos y de libros impreso, y el nacimiento del nuevo libro de lectura laico de formato pequeño el «enchiridio», el pequeño libro de bolsillo.

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