El NEOTRADIOCIONALISMO: en la primera década del siglo xx, Menéndez Pidal desarrolló una teoría coherente acerca de los orígenes y evolución de la épica. Sostuvo que la épica romance medieval desciende directamente de la temprana épica germánica, y, como ésta, fue compuesta oralmente por un juglar, como medio de conmemorar sucesos más o menos cercanos. Dichos «cantos noticieros» fueron transmitidos también de «boca en boca». y, modificados por los exitosos juglares, para responder a los cambios en la sensibilidad artística y en el gusto del público. Inevitablemente, se alejarían de la realidad histórica a medida que pasaban de un juglar a otro.
Para explicar el supuestamente absoluto silencio concerniente a las chansons de gestes entre el período carolingio y la fecha del primer manuscrito, postuló un «estado latente» durante el cual la poesía anónima, popular de los juglares, cantada en vernáculo, simplemente falló en atraer la atención de los clérigos.
Los argumentos fueron tres:
- la necesaria relación genética entre la paleogermánica carmina maiorum y los poemas épicos franceses y españoles.
- la analogía con el romancero, que probó que un genero completo de poesía folk podía existir completamente ignorado por el público culto.
- la analogía con el latín vulgar.
La lengua vernácula y la literatura vernácula dejaron pocas huellas en los manuscritos del siglo viii al x.
Por entonces, J. Bédier, desde un enfoque INDIVIDUALISTA, escribía su estudio Les Légendes épiques, el cual contradecía la teoría del estudioso español e intentaba demostrar que los textos son virtualmente todos los que alguna vez existieron y que se originaron con la colaboración de monjes y juglares en condiciones específicas del siglo xi y xi, a lo largo de caminos de peregrinación. Para Bédier, cada poema es la obra de un hombre; y lo tenemos en la forma en que fue compuesto, salvo en la medida en la que haya sido corrompido por la transmisión escrita.
El punto central de desacuerdo entre los dos estudiosos se centra en la naturaleza de la épica: individualista y erudita para Bédier, tradicionalista y profana para Menéndez Pidal.
En 1960, se publica The Singer of Tales de Albert Lord, una recopilación de estudios sobre composición oral formulística de la épica sur-eslava moderna. Los cantores estudiados por Milman Parry y Albert Lord, la mayoría iletrados, pueden componer cantos de gran extensión y complejidad sobre temas tradicionales, improvisando líneas de versos libres de diez sílabas sobre la base de fórmulas y frases formulares. El poeta memoriza el «esqueleto» del poema, la serie de temas en torno a los cuales éste se organiza, y, mientras canta, recubre ese esqueleto con su repertorio de fórmulas. Por supuesto, cuando más frecuentemente se recita una canción, mayor es la tendencia de que las varias versiones se parezcan unas a otras. A la inversa, las canciones presentadas con menor frecuencia tienden a variar mucho más, particularmente en el final.
Según Lord, el proceso de dictar una canción a un escriba frecuentemente resulta en versos defectuosos y ocasionales pasajes en prosa. Señala que siempre se puede distinguir canciones oralmente compuestas y dictadas, de otras compuestas en escritura. En este sentido, enfatiza que puede no existir tal cosa como el texto «de transición». Cualquiera de los dos fueron compuestos oralmente o no lo fueron. Aún así, admite que mucha de la mecánica externa del estilo oral persistió en la poesía escrita, y así el lazo entre las dos se volvió y permaneció difuso para todos, excepto para los iniciados.
Si para Lord, la memorización de un texto fijo es un signo de la decadencia de la tradición épica; para Menéndez Pidal, la improvisación es una aberración moderna. En un artículo de 1966, asegura que la improvisación es ajena a una edad primitiva y marca el comienzo de la época de la autoría individual.
Para la épica romance medieval, él, opone una «re-creación conservadora», una transmisión oral relativamente fiel, contra una «re-creación innovadora» un intento consciente de renovar un poema.
Al aplicar las pruebas de Parry-Lord (fórmulas, falta de encabalgamiento, composición temática) a la poesía medieval, se concluyó que un estilo oral tradicional era responsable de la semejanza en la organización de los temas en los poemas. J. J. Dugan propuso, a su vez, que cualquier hemistiquio repetido en una épica francesa antigua puede ser aceptado como fórmula. Usando esa definición, encontró que el 35,2% de los hemistiquios del Roland de Oxford son formulísticos. En su análisis del Mío Cid demostró que el 37,1% de sus hemistiquios están repetidos. El acuerdo cercano en la densidad formulística del Mío Cid, el Roland y el corpus homérico es contundente.
El individualista inveterado puede aún desear continuar la oralidad de estas obras, pero estará duramente presionado para negar que son productos del mismo proceso de composición, todo oral, todo escrito, o todo «transicional».
Si al analizar la épica oral moderna resultara que es formulista en un tercio, entonces se puede considerar probada la oralidad de la épica romance medieval.
Sin embargo, a pesar de que la tesis neo-tradicional esté reforzada por la teoría de Parry-Lord, no mantuvo por ningún medio la lealtad de todos los estudiosos. Christopher Colin Smith, desde un enfoque individualista, entiende que el Mío Cid fue compuesto en la última parte del s. xii, por un autor instruido en leyes y que fue escrito para apelar al pueblo de los alrededores de Burgos.
En ese sentido, al estudiar las Mocedades de Rodrigo, Alan Deyermond mostró que casi el 10% de las Mocedades se dedica a la diócesis de Palencia, por lo que concluyó que el autor era un clérigo de Palencia, quien compuso el poema para sostener el prestigio de la diócesis.
Por su parte, Colin Smith discute la historicidad del poema como una cualidad inherente a la épica española medieval, viéndola más bien como un rasgo individual del Mío Cid, usada como propósito de verosimilitud literaria. Si bien en cuanto a los orígenes entiende que tiene una tradición épica oral-popular, simple, sin forma y episódica; señala que entender que el autor haya sido un trovador o juglar itinerante y probablemente iletrado, como los pidalistas parecen sostener, es insostenible, debido al gran talento del poema, sus numerosos rasgos eruditos y su naturaleza escrita. Entiende, entonces, que el autor ha sido un abogado o, por lo menos, una persona instruida en leyes. Así, sea lo que sea que sacó de la tradición, el alto grado de unidad que le dio al poema confirma, para Smith, que el autor trabajó en la escritura y que no pudo haber sido un trovador iletrado.
Smith debe aceptar una larga tradición oral para explicarse la calidad artística de la obra; al mismo tiempo niega que la tradición oral tenga algún valor artístico: es «sin forma y episódica». Sin embargo, puesto que Lord sostiene que las técnicas pulidas de composición formulista no pueden ser llevadas a cabo por el escritor principiante, y que ningún individualista está tentado a negar la validez de sus descubrimientos; surgen dos problemas para la interpretación de Colin Smith. En ese sentido, si se admite la artesanía de Mío Cid a todo nivel sólo puede haber dos explicaciones:
- Mío Cid es un poema compuesto oralmente a la altura del arte oral;
- Mío Cid es un poema escrito, necesariamente, precedido por una larga tradición de poesía escrita.
H. López Morales, a partir de las formulaciones de Menéndez Pidal, sostiene que la épica castellana desciende de la tradición visigoda vía las canciones asturo-leonesas sobre la caída de España. A Várvaro, por su parte, distingue entre la «tradición de motivos y la específica tradición formal del poema heroico»: la primera podría derivar de la tradición germánica, pero no hay evidencia para que la última lo haga. Si bien acepta la relevancia de las teorías de Parry-Lord, entiende que los textos existentes pertenecen a una tradición escrita y, como López se dedica al análisis de los textos existentes.
Deyermond descarta cualquier continuidad orgánica entre la primera épica germánica (si existiera) y la épica española. Los primeros eventos históricos conocidos que han servido como base para los poemas épicos ocurrieron entre la última parte del s. x y la primera parte del s. xi; en aquella etapa temprana, los poemas narrando estos eventos circulaban en versiones compuestas oralmente y transmitidas oralmente. El siguiente nexo histórico-épico es la segunda mitad del s. xi y la vida del Cid. Deyermond acepta sin reserva la tesis de que el poema existente fue escrito en el 1200 «por un único autor, un poeta culto, que muy bien pudiera ser clérigo y ciertamente versado en cuestiones notariales y jurídicas».
Uno de los pocos puntos sobre el cual los contendientes coinciden concierne a la presencia de fórmulas: ese rasgo demuestra que la épica medieval, oral en su origen, fue difundida oralmente por juglares, ya sea que los textos existentes hayan sido compuestos oralmente o en forma escrita. Pero, ¿es la poesía formulista necesariamente oral?
Otro punto crucial es la naturaleza del proceso de composición en forma escrita. Los individualistas ven al poema compuesto en forma escrita. Lord lo ve improvisado en el acto de cantarlo. Pero mucho analistas dudan de que este proceso pueda producir poemas de la calidad artística del Roland o Mío Cid. Para los neotradicionalistas pidalistas, la analogía básica de composición es con la balada, la cual depende de una previa composición oral y transmisión memorística.
Aceptar la tesis de la memorización nos permite resolver algunos problemas. A saber, en un poema memorizado, el cuerpo de lenguaje formulista no necesita ser tan pesado como en uno que es re-compuesto cada vez que se canta, libera al investigador del "cuco" del texto oral dictado y justifica la mayor estabilidad y la unidad textual de la épica medieval; explica plausiblemente la historicidad del Mío Cid; clarifica la conservación de los nombres de los personajes menores; obvia la división de la épica entre lo esencialmente histórico y lo ficticio: los poemas compuestos con más cercanía a los hechos son más históricos, pues no han tenido aún tiempo de experimentar el proceso completo de «novelización».
Un problema generado por la tesis de la memorización es el de las «refundiciones»: es difícil imaginar un proceso por el cual un juglar usaría otra que su fuente manteniendo virtualmente intactas partes del poema original, sustituyendo una nueva versión en otros. Otro problema es determinar por qué la técnica del juglar medieval debería haber sido tan distinta de la del cantor yugoslavo moderno y, si Parry y Lord tienen razón, de la del bardo griego antiguo.
Las posibilidades de composición alternativa también existen: uno podría establecer varios estadios en el crecimiento de la épica, un estadio temprano de improvisación seguido por un período de decadencia oral caracterizado por la intervención escrita y la memorización intensiva. Dados tres posibles orígenes (escrito, memorístico, improvisación) como tantas clases de transmisión, hay nueve formas distintas de que un poema dado pueda haber sobrevivido. A la hora de establecer cuál de estas combinaciones es más plausible se puede proceder al análisis de la cantidad de variaciones halladas en los manuscritos de los textos existentes. La transmisión escrita mostraría el menor número de variantes; la transmisión por improvisación, el mayor; con la transmisión memorística ocupando una posición intermedia.
Inseparable del neo-tracionalismo de Menéndez Pidal es su concepción de la historicidad inicial de la épica y su subsecuente «novelización» gradual. Aún inexplorado resulta el problema de cuánto tiempo debe pasar antes de que se establezca la «novelización». La épica oral moderna ¿es apta para resolver este problema?
Por otra parte, ¿son los textos existente eruditos o populares? Si son la combinación de elementos populares y cultos, ¿qué clase de proceso podría explicar tal combinación?. La dicotomía entre clérigos y juglares es falsa. Ni los juglares ni los clérigos vivían en compartimientos estancos. Que hubo hostilidad se demuestra por muchas restricciones a las actividades del juglar impuestas por la Iglesia, pero hubo también relaciones amistosas.
Futuros estudiosos de la épica medieval deberían hacer un decidido esfuerzo por extender su competencia para incluir conocimientos sobre muchas tradiciones épicas, en particular las modernas, hasta donde sea posible. Tal acercamiento comparativo permitiría abordar mejor las dicotomías memorización/improvisación, oral/escrito, popular/erudito, historicidad/novelización.
Unos pocos de estos problemas pueden resolverse con relativa facilidad; algunos, tal vez nunca sean aclarados. Pero sólo intentando atacarlos es que podemos tener éxito en establecer la cuestión más amplia de la épica en general.
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