Entre las cuartos virtudes cardinales heredadas de la Antigüedad, la fortaleza engloba a la noción de valor. La fortaleza tiene que ver con el temor (principalmente a la muerte) y con la audacia. MOdera el temor y empuja a actuar con coraje para escapar al peligro. La fuerza confiere tanto la intrepidez como la bravura en la guerra.
El valor se concebía como un comportamiento fundamentalmente aristocrático, nobiliario, unido a la raza, a la sangre, al linaje, como una acción individual cuyo resorte residía en la ambición y en los deseos de bienes temporales, el desvelo por el honor, por la gloria, por el renombre póstumo.
Junto a la exaltación del «bueno», del «héroe», la Edad Media conoció también la valoración de uno u otro linaje, de una raza, de un pueblo cuyos miembros tenían que mostrarse solidarios unos con otros en el campo de batalla.
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