Intentaremos mostrar la excelencia de la composición, tanto desde el punto de vista narrativo como desde el psicológico, a partir del episodio de la toma de Castejón (vs. 434-541).
La atención que el narrador muestra en la salida del sol revela el sentido de confabulación entre la naturaleza y la aventura de su héroe. Nos anuncia el primer éxito del Cid, pero también explica que los habitantes de Castejón estén traajando en las faenas del campo, lo que facilita la toma de la ciudad, desguarnecida de la mayor parte de sus defensores.
Si bien se puede pensar en la imprudencia de los habitantes de Castejón al dejar las puertas abiertas, esto se explica en la confianza que tenían en la protección pactada con Alfonso. Esto no ensombrece la gloria de Rodrigo, pues, según las leyes de entonces, el desterrado podía combatir a los aliados de su soberano, e incluso al soberano, con tal de no atentar contra su persona. Así pues, el ataque de Rodrigo a Castejón es legítimo.
La táctica empleada por el Cid para tomar la ciudad es llevada a cabo con presteza y sin titubeos. Mediante la precisión del número gramatical de los verbos el poeta hace de Castejón una conquista personal del Campeador. La primera hazaña del desterrado es debida a su exclusiva bravura.
El ataque contra Castejón es acompañado de una algara llevada a cabo por el «brazo derecho» del Cid, Minaya Álvar Fáñez, realizada en las regiones, más meridionales, de Guadalajara y Alcalá de Henares (vs. 476-484). Esta hazaña es, no obstante, más colectiva. El poeta no atribuye sólo a Minaya el ataque victorioso, el cual no hace más que mandar las tropas vencedoras.
La fisonomía moral del Cid es esbozada con finura. Una corriente de simpatía humana, surgida de la cordialidad natural de Rodrigo, da calor a la escena. Su cordialidad es sincera y calculara. El poeta ha sugerido delicadamente esta difícil matización psicológica: su Campeador saca siempre provecho de su carácter amistoso, es profundamente bueno y astuto.
En el reparto del botín, el poeta se da licencia de oponer a la generosidad del Cid, la de Minaya. Ninguno de los dos se excede en su mesura humana, son hombres simpáticos pero no modelos.
El recuerdo del rey alfonso permite esbozar dos movimientos narrativos: el primero marca la inquebrantable fidelidad del Cid simbolizada por los presentes enviados al rey; el segundo, muestra al Cid forzado a alejarse de su primera conquista a fin de no correr el riesgo de tener que luchar contra su propio rey.
Su primer triunfo no lo ha ofuscado: sabe que ha derrotado a los aliados de su rey y teme una intervención de las tropas reales. Su temor militar de tener que vérselas con las troas más numerosas de Alfonso se convierte, en su interior, en la intención de vasallo de no combatir contra su señor.
Tanto en la venta de los bienes por un cuarto del valor a los moros, como la la renuncia a devastar Castejón son un rasgo de esa generosidad agradecida e interesada de Rodrigo. El Cid tiene siempre dos caras. El interés personalnunca está por completo ausente en sus liberalidades. Su complejo carácter está hecho de largueza y de cálculo egoísta y las manifestaciones de esta actitud moral, en apariencia contradictoria, no alterna, se dan al mismo tiempo, se confunden.
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