La teoría que llamamos individualística cree que los poemas épicos medievales son obra exclusiva de un individuo y de un momento determinado. Para la historia del arte solo interesa la personalidad del autor. La obra de arte es un todo en sí misma, y no tiene más historia que la de su creación y la de su genial creador.
La teoría tradicionalística, por su parte, piensa, en primer lugar, que la genialidad del individuo actúa limitada y constreñida por la tradición cultural en que él se ha formado y a la cual él sirve. Pero, en segundo lugar, piensa que cuando un género literario se populariza en extremo (y éste es el caso de la epopeya), sus producciones están más sujetas a la tradición cultural en la que el género se desarrolla.
Estas dos maneras de concebir la épica reciben matices muy diversos, aplicándose en muy distinta forma a las múltiples cuestiones sobre los orígenes antiguos o tardíos del género, o sobre los influjos que en él actúan, o sobre la fecha y carácter de cada poema, etc.
El romanticismo y sus derivaciones
Los pensadores de la época romántica veían en la epopeya un singular género de poesía: poesía de la Naturaleza, obra de todo un pueblo en el albor de su existencia.
La forma originaria de esta poesía era la de los cantos breves. Estos, más tarde, serían recogidos de la tradición oral y agrupados orgánicamente. La crítica romántica establecía una edad de poemas épico-líricos breves, perdidos, edad primitiva que precedía a la aparición de los grandes poemas conservados.
A esos breves cantos épico-líricos primitivos, algunos les dieron el nombre de cantilena.
En 1844, Huber supone que hubo sin duda romances coetáneos del Cid sobre los cuales compusieron los juglares los poemas extensos citados por las crónicas, y que más tarde se volvieron a componer otros romances secundarios, los hay subsistentes.
De este modo, se negaba para España una épica primitiva por fuera de los romances primitivos.
Reacción hispánica antirromántica
Por su parte, Andrés Bello pensaba que la epopeya medieval procede de los cantos marciales con que los germanos celebraban las acciones de los antepasados. Por lo que hace a España, cree que muchos de los romances incluidos en el Cancioneros de Amberes son «fragmentos de antiguas gestas».
Por los mismos años, Manuel Milá admite que la epopeya no es un género puramente popular, sino poesía heroico-popular, jerárquica, ilustre, que interesaba principalmente a la nobleza guerrera, aunque también interesase al pueblo. El romances, de este modo, era una poesía derivada de los mismos poemas.
Milá piensa que la epopeya tiene orígenes autóctonos; nace natural y espontánea como poesía de la prepotente aristocracia militar, clase indocta y sobremanera ruda. El canto coetáneo, breve y narrativo, nace siempre como obra de un «individuo que se reconoce con dotes para salir airoso de su intento», cuando, ante un hecho notable, se siente inspirado para comunicarlo a un público. Es decir, no hay cooperación colectiva ninguna, el individuo es todo e la composición de los poemas.
Entiende que en Castilla hubo una epopeya: conjunto de cantes narrativos extensos, de asunto nacional y de estilo y de espíritu análogos, aunque relativos a personajes y a tiempos diferentes. A su vez, considera que la vida de la epopeya española fue de dos siglos de duración.
Menéndez Pelayo en la teoría individualista
Menéndez PElayo sentía que los cantares de gesta españoles eran evocaciones de poetas tardíos que se sentían llevados a una visión retrospectiva y acertaron a reconstruir el pasado. Por su parte, tras el estudio de la epopeya francesa, Bédier piensa que las chansons de geste revelan tan solo la vida de la época en la que escriben los juglares de los siglos xi y xii.
Por su parte, también en el estudio de la epopeya francesa, Pio Rajna señala que la epopeya se aplica a enaltecer a los grandes y que es siempre obra de la inspiración y de la intención artística de un individuo, y solo se diferencia de cualquier otro género poético en que es una poesía de asunto histórico, nacida en edades remotas.
Rajna niega la edad de las cantilenas establecida por G. Paris. Entiende que la épica francesa deriva de la germánica y que canciones de gesta de tipo semejante a las del siglo xii existían en la edad que se asigna a las cantilenas, en la Francia merovingia y carolingia.
Crece el caudal épico español. La tradicionalidad
Estudios metódicos emprendidos por mí sobre los numerosos y olvidados manuscritos de Crónicas generales de España, pusieron de manifiesto un nuevo caudal épico antes desconocido.
El caudal épico aparecía así ahora prolongado durante los dos últimos siglos en la Edad Media, contra lo que Milá suponía. Las varias redacciones de las crónicas, al ser situadas cronológicamente a lo largo de los siglos xii, xiv y xv, ofrecían muy diferentes estados de las leyendas épicas, efecto de refundiciones sucesivas; se revelaba así una verdadera tradicionalidad desconocida antes. Y la vida de esta epopeya tradicional aparecía prolongada hasta el siglo xv, hasta empalmar con otra nueva forma poética tradicional, la de los romances. Por el lado contrario, anterior al siglo xiii, la leyenda de los Infantes de Lara, a causa de su exacto contenido histórico, que el estudio de los documentos del siglo x dejaba ver, suponía un origen muy cercano a los sucesos del siglo x que le servían de tema.
Los trabajos de investigación directa continuaban. El estudio de los documentos notariales del siglo xi, principalmente inéditos, permitió asegurar la exacta historicidad de la mayoría de los personajes que actúan en el Mio Cid, negada antes por todos respecto a los principales y desconocida respecto a los secundarios. Esto destacaba el carácter eminentemente historial del poema. Después, el estudio de las crónicas manuscritas permitió fijar los varios caracteres de las refundiciones del poema cidiano que circulaban en el siglo xiii, menos históricas todas que el texto del siglo xii, y esclareció la relación estrecha y complicada que la epopeya mantenía con la historiografía de los siglos xiii y xiv.
Triunfo general del individualismo
Las notas de antigüedad y de continuidad tradicional que Rajna añade a Milá para la épica francesa, y que se descubrían también en abundancia para la épica española, desentonaban en la reacción positivista que por todas partes actuaba contra el romanticismo.
Para Bédier la épica francesa comienza con las primeras canciones de gesta conservadas, de fines del siglo xi o muy poco antes. Sin necesidad de que existieran cantilenas ni otros textos intermedios, pues las obras de arte no tienen otra historia que ellas mismas.
Los temas épicos se inventan en los siglos xi y xii por efecto de una propaganda que los monjes hacen en favor de las glorias históricas y de las reliquias heroicas de su monasterio, sirviéndose para ello de los juglares que atraían la atención del público en favor de las peregrinaciones a los santuarios monacales.
Ángelo Monteverdi, en 1934, vuelve a poner en pie la entonces abandonada opinión de Gaston Paris sobre el origen francés de la epopeya española, a propósito del cantar de los Infantes de Lara y, a su vez, afirma que todos los cantares de gesta españoles fueron compuestos entre los siglos xii y xiv, nacidos a imitación de las chansons de geste.
C. Guerrieri Crocetti, en 1944, sentencia que no debe pensarse en los orígenes de un género literario; no existe una verdadera y propia génesis de las chansons de geste, de los cantares de gesta o de los romances, solo existe la génesis de esta o de aquella gesta o romance, génesis que ha de buscarse exclusivamente en el ánimo del poeta, en los motivos de su inspiración y en el momento espiritual de la creación artística.
En 1949, Franco Meregalli sigue a Monteverdi y afirma que la épica española se inicia en la primera mitad del siglo xii, por estímulo francés. Entonces los españoles cantaron héroes cercanos en el tiempo, el Cid, el rey Sancho, y como éstos eran bien conocidos del público, tuvieron los juglares que ser bastante fieles a la historia.
Por su parte, Ernst Robert Curtius concibe a la epopeya como una actividad escolástica manifestada en el uso de tópicos, corrientes en la preceptiva o en la práctica literaria.
Se reafirma la tradicionalidad española
La épica francesa se presta muy bien a encarnar el individualismo, porque abunda en chansons de geste muy refundidas, muy alejadas de su espíritu originario, en las que el anonimato del autor falta; pero respecto a la épica española, la arcaizante realidad que sus textos ofrecen hace que el tradicionalismo sea algo indispensable, insustituible.
El profesor norteamericano H. R. Lang considera científicamente infundada la vieja teoría de un origen francés para la épica castellana y, defendiendo el octosilabismo original del poema, tiene como «un elemental principio de la ciencia» el que la épica popular se desarrolla orgánicamente de primitivos cantos breves, lays, contemporáneos de los sucesos. Los romances hoy conservados, según Lang, fueron en todo tiempo la genuina forma tradicional española; si se conservan tan pocos poemas es porque nunca se escribieron.
Un fragmento del cantar de Roncesvalles encontrado en 1917 desmiente contundentemente la teoría octosilábica de Lang, pues el metro irregular del fragmento reafirma el carácter autóctono de la versificación épica española, inconfundible con la docta versificación francesa, y muestra singular del primitivo verso románico.
A su vez, varios textos cronísticos recién descubiertos o entrados en consideración venían a poner de manifiesto el desarrollo regular de una tradición legendaria de poesía historial a través de los siglos xi y xii, que empalmaba con los textos cronísticos de los siglos xiii a xv ya estudiados de antes.
Un resultado parecía afirmarse con toda claridad: el origen autóctono de la épica española, antes negado unánimemente.
La manera de concebir una tradición coetánea a los acontecimientos es varia, y podemos separar dos opiniones. Según una de ellas, las canciones de gesta tienen un origen románico, nacen en el siglo x. Según la otra, nacen en época muy anterior como herederas de la épica germánica.
La opinión de los orígenes románicos explica la tradición coetánea suponiendo que entre los poemas del siglo x y los sucesos de que tratan, ocurridos en los siglos viii y ix, existieron, a modo de puente de comunicación, breves baladas que conservaron algún recuerdo de aquellos hechos, baladas aprovechadas después por los autores de las gestas.
Frente a esta manera de ver el problema épico, otra opinión cree que no es explicación suficiente el suponer que la epopeya francesa nace en el siglo x a modo de una lección de lealtad hacia los últimos reyes carolingios o en el xi como exhortación de respeto en favor de los primeros capetingios, o para satisfacer intereses monasteriales; lo que hay que explicar es esa poesía francesa en relación histórica ineludible con una tradición muy vasta y compleja, extendida sobre otros países europeos, la cual ofrece manifestaciones muy anteriores al siglo x y muy ajenas a las particulares circunstancias francesas. Esto lo aprecia la crítica libre de toda presión de antigermanismo.
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