domingo, 25 de febrero de 2018

#Resumen Ramón Menéndez Pidal - El estilo tradicional

La poesía tradicional no es poesía primaria

Al fin del siglo xviii y comienzos del xix, los románticos percibían en la poesía popular la expresión del alma del pueblo en su plena espontaneidad. Esta percepción se pierde con la reacción antirromántica, en la segunda mitad del xix; hasta bien entrado el xx se niega todo carácter positivo propio, toda singularidad, a la canción popular, la cual no es sino obra de un literato, abandonada al pueblo que la estropea. Modernamente, los métodos filológicos imponen una contrarreacción. El mito romántico se racionaliza: la obra es entendida como una obra colectiva, debida a mucho autores, no simultáneos, sino sucesivos; reaparece la percepción de un estilo singular, inimitable.

La tradición poetizante no es anterior a la poesía de arte individual, sino que es posterior, pues deriva de ella mediante la acción prolongada de las variantes.

El estilo tradicional: épico-lírico, épico-intuitivo

El trabajo tradicional es un continua selección. Cuando el gusto popular escoge entre muchos un canto, lo aprende y lo repite sintiendo en él algo propio. Después, al repetirlo, ya eliminando del texto primitivo las partes poco afortunadas; tal vez añade algún rasgo que estima necesario; y en ésta busca el romance gana una esencial intensidad.

Naturalidad. En las variantes el canto poemático llega a amoldarse a las más natural manera de la colectividad.

Intuición; liricidad, dramatismo. Tiende a una visión intuitiva, instantánea, inmediata. Introduce en cambio tonalidades líricas emotivas, reiteraciones, enumeraciones simétricas, exclamaciones. También manejan mucho el diálogo con otros recursos dramáticos para sustituir la narración discursiva, propia de la épica, mediante una visión directa, rápida y viva, del suceso que tratan; por eso pudiéramos adoptar la denominación de estilo épico-intuitivo.

Impersonalidad; arte intemporal. La poetización individual revuelta entre la multitud de los accidentes particulares y efímeros propios del momento actual, se decanta límpida y pura bajo la acción sedimentadora de la tradición.

Lo inimitable. La elaboración tradicional logra amoldarse al más universal sentimiento poético.

La acción continuada de la variante popular traerá por resultado la negación de todo estilo; no deberemos entonces hablar de un «estilo tradicional». Pero en las obras afortunadas, el esmerado trabajo de la tradición logra el magno estilo impersonal, que es el estilo de la colectividad personificada.

Narración y diálogo. Romances-cuento y romances-diálogo

Estos dos tipos de narración representan el gusto de los colectores romancistas del siglo xvi.

Los romances-cuentos se limitan a desarrollar una escena, una situación, un momento. En los romances-diálogos, la narración era suprimida y la escena o la situación se desarrollaba toda en forma de diálogo, una serie de discursos directos sin ningún verso de unión que advierta quién habla ni quién responde. Todo rastro de narración es suprimido para dar más viveza a la escena.

Recursos intuitivos épico y épico-líricos. La descripción

La escena se actualiza ante los ojos de quien la escucha. En los romances, la descripción circunstanciada se hace en forma fugaz. Si se pretende mayor viveza, la descripción es sustituida por una intuición enumeratoria (vieron tanta yegua overa, tanto caballo alazano...).

La descripción dinámica, en la que la acción predomina, puede alargarse mucho. La descripción se resuelve en relato de acciones presente o pasadas.

Otras fórmulas intuitivas épicas y épico-líricas.

Otro modo de actualizar los sucesos es sugerir una representación a los oyentes mediante un apóstrofe encabezado con el verbo ver. También sirve para el mismo fin el adverbio demostrativo he.

El adverbio ya es mucho más usado en cabeza de una narración.

El presente histórico, importante recurso para actualizar la narración, abunda mucho más en los romances que en las gestas.

El lirismo se introduce en el relato empleando la exclamación o fórmula exclamativa.

Procedimientos intuitivos peculiares del romancero

Varios romances principian con la sensación recibida por el narrador usando la primer persona gramatical del verbo ver u oír.

Abundan romances que ponen el relato en boca del protagonista y comienzan con el pronombre de primera persona.

Otras veces el comienzo consiste en el artificio de convertir la narración en apóstrofe impersonal, dirigido por el romance mismo al protagonista: «¡Cuán traidor eres, Marquillos, cuán traidor de corazón!»

En los romances fronterizos, el lugar de la acción es personificado mediante un apóstrofe con el que dan comienzo los romances.

El fragmentismo

La principal diferencia la exposición épica y la épico-intuitiva consiste en que ésta tiende a prescindir de preliminares, incidentes y desenlace, para destacar sólo una situación elegida, o una rápida serie de sucesos nuclearios.

Se entra en materia in media res. Puede olvidarse la leyenda que sirve de apoyo. El romance se basta a sí mismo, busca en su concisión la totalidad de su ser.

Muchas veces ni siquiera se deja ver al protagonista; sólo se le oye hablar. La escena se introduce ex abrupto, con palabras puestas en discurso directo, sin decir quién las pronuncia.

Si bien los comienzos abruptos son mayoría, el final abrupto no lo es tanto, aunque también es muy frecuente.

Lo irreal, lo impreciso

El verismo, consustancial a la epopeya primitiva, va disminuyendo en el curso de las refundiciones sucesivas de los poemas antiguos, y en las partes más evolucionadas del romancero disminuye también, pero no en las más originarias.

Lo ilógico, lo arbitrario a que la naturaleza humana se acoge en sus sacudidas contra la abrumadora rigidez de la realidad, halla siempre alguna acogida en el arte, pero sobre todo campea libre en la actividad poética colectiva que tiende más reiterada y atrevidamente a lo inmotivado, impreciso y enigmático.

La irrealidad, que da encanto al relato rápido y vivo de muchos romances, es por lo común simple ruptura de la habitual concatenación en los móviles humanos y en las contingencias con que ellos se enfrentan.

Escasez de lo maravilloso

La predilección por lo misterioso y fantástico no lleva de ningún modo a la ficción de un mundo maravilloso. Se admite solamente el milagro en los romances de santos. Pero sólo muy rara vez entra lo sobrenatural en asuntos profanos, de los que sólo recuerdo el habla prodigiosa del caballo, de la espada y de un recién nacido.

La reiteración

La reiteración es sin duda lo que más distingue el estilo épico-lírico de los romances respecto al estilo propiamente épico de las gestas. Como pormenor ien visible puede señalarse la repetición exclamativa (Helo, helo...).

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