domingo, 18 de febrero de 2018

#Resumen Samuel Armistead - Los siglos del romancero: tradición y creación

Contradicciones El romancero se nos ofrece como un fenómeno literario insólito, lleno de contradicciones; una poesía oral, campesina y anónima, capaz de servir, a la vez, de vehículo expresivo a Lope, a Góngora, a Machado, a García Lorca; na poesía aprendida y recitada de memoria que se caracteriza por un alto grado de creatividad artística; una poesía tradicional y arcaizante, de raíces medievales, capaz de renovarse incesantemente.

Comienzos. El romancero es un proceso poético que abarca desde los comienzos del siglo xiv hasta la actualidad. En todas las comunidades vemos surgir, entre 1200 y 1500, un nuevo tipo de poesía oral, de carácter épico-lírico: breves relatos novelescos, en estrofas de cuatro versos de rima variada. Sin embargo, el romance tiene factores distintivos.

El verso. El verso romance suele ser monorrimo. Consiste en una serie, de extensión indefinida, de versos octosilábicos, con una asonancia en los versos pares. Este verso romantístico nos recuerda ineludiblemente el verso anisosilábico asonantado de los cantares de gesta medievales.

Relación gesta y romances. Lo que nos revela la métrica nos lo confirma la temática. En las palabras de Menéndez Pidal: «Es que todas las gestas se hicieron romances; es que la epopeya se hizo romancero». Esta transición fue explicada por Menéndez Pidal:

Los oyentes se hacían repetir el pasaje más atractivo del poema que el juglar les cantaba; lo aprendían de memoria, y al cantarlo ellos a su vez, lo popularizaban, formando con esos pocos versos un canto aparte, independiente del conjunto: un romance.

El repertorio de muchos juglares medievales no se limitaba a los temas nacionales, también incluía un buen surtido de relatos carolingios, adaptaciones españolas de chansons de geste francesas y otras aventuras heroicas.

El estudio del romancero viejo nos produce una impresión falsa, ilusoria, de un repertorio textual fijo e invariable. Pero no hay tal. Resulta bien claro que, al lado de las pocas que recogen los impresores antiguos, habían de existir otras muchas, muchísimas lecturas alternativas no recogidas y, por lo tanto, no conservadas para nosotros.

La lírica. La fragmentación de la épica medieval explica por sí sola el nacimiento del romancero. La lírica tradicional, en parte octosilábica, también había de tener un papel importantísimo, tanto en la métrica como en los recursos estilísticos y en el tono lírico de muchos romances. El romance viejo, desde los primeros momentos en que lo llegamos a conocer, se nos revela en íntima convivencia con la lírica tradicional. Y esta antigua interacción sigue manifestándose hasta la época actual.

Una vez establecido el romance épico-lírico como género autónomo, había de servir no sólo para la creación de nuevos poemas originales ajenos a la épica, sino también para la adaptación de numerosos relatos baládicos existentes en otros repertorios europeos, sobre todo en la tradición francesa y provenzal.

Un aspecto esencial de los cantares de gesta era su función noticiera: los relatos épicos servían para narrar y para recordar los hechos del pasado inmediato. El romancero hereda esta función, al recrear en versos octosilábicos acontecimientos del pasado nacional.

El romancero de los orígenes, cuya existencia ya se puede comprobar desde comienzos del xiv, vive en estado latente, ignorado y despreciado por la cultura letrada de la época. A mediados de siglo comienza una nueva etapa, con la publicación en forma de libro de extensas colecciones de romances. Hacia 1580 empieza la publicación de la Flores de romances y el destino del género cambia radicalmente y se bifurca. Las Flores recogen el producto de poetas eruditos de la copiosísima promoción del romancero nuevo. En los siglos xvii y xviii, el romancero oral apenas se documenta. Surge y florece, por otra parte, un romancero vulgar impreso, mientras el romancero erudito sigue vehículo de insignes poetas españoles. En el siglo xix se inicia el redescubrimiento del romancero oral. El interés romántico por lo popular en cuanto reflejo de un distintivo espíritu nacional fomentará el descubrimiento, aquí y allá, de venerables romances que habían pervivido en la tradición desde tiempos medievales y áureos. Y, en este final del siglo xx, ya manejamos un corpus enorme de romances tradicionales.

Pero ¿cómo es esta poesía? Se nos presenta como un género poético admirablemente flexible. Al lado de los temas épicos nacionales y franceses, al lado de los relatos noticieros y de las novelescas baladas continentales, el romancero nos ofrece episodios bíblicos y apócrifos, leyendas de la antigüedad clásica, romans d'aventure medievales, amén de numerosísimos relatos de pura invención española.

Como fragmento desgajado de un cantar de gesta, el romance lleva la impronta de sus orígenes en los característicos comienzos ex nihilo y en los desenlaces abruptos y suspensos. También comparte con la épica y con la lírica primitiva el carácter intuitivo de su estilo, su capacidad de decir o de insinuar muchísimo con un mínimo de palabras.

Colin Smith ha resumido las características del género: «compresión estilística, concisión y poder dramático, extremada llaneza de lenguaje, falto de símiles complejos, metáforas y otros recursos estilísticos, un mensaje implícito, más bien que explícito, falto de didactismo, y de religiosidad, y una capacidad única de tocar una gran variedad de emociones humanas».

Autor legión. Al fijarse en la tradición oral como un dinámico proceso de creación poética, Menéndez Pidal había invocado el concepto del «autor legión»: todos los que saben, todos los que cantan un romance participan en un proceso de constante experimentación poética por la que el poema se va transformando a través del tiempo y el espacio.

El romance, por naturaleza, «vive en variantes» y la idea del «texto», en el sentido que nosotros, los lectores de la literatura impresa lo entendemos, ya no nos sirve. Por lo tanto, resulta imposible «remontarnos a una estructura única a través de la comparación de las diversas manifestaciones de un romance».

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