Los tiempos prehoméricos. La Psique
La cesación de la existencia humana suscita siempre el asombro del hombre.
El alma del muerto sale de él por la boca, por la herida abierta del agonizante y, una vez libre recibe el nombre de ídolo: imagen.
Al sobrevenir la muerte, la psique (alma) permanece indemne. Pero no es ya albergue del «espíritu» y de sus fuerzas, carece de conciencia propia.
El hombre, según la concepción homérica, tiene una doble existencia: la de su corporeidad perceptible y la de su imagen invisible, que cobra vida propia y libre solamente después de la muerte. Esta imagen invisible, y solamente ella, es la psique.
Los sueños.
En homero, las vivencias de los sueños son hechos reales y no vanas quimeras. Un ejemplo de esto es la aparición de Patroclo ante Aquiles.
El reino del Hades
El alma, al abandonar el cuerpo, sale volando por sí misma hacia el Hades y, al ser destruido el cuerpo por el fuego, desaparece para siempre en las profundidades del Erebo. En Odisea, HErmes figura como acompañante de las almas de los pretendientes.
El hombre vivo del mundo homérico no se amedrenta ni se inquieta por los muertos. El mundo se halla gobernado por los dioses, no por pálidos espectros.
La fe primitiva en el alma. Los funerales de Patroclo
No se puede afirmar que los griegos jamás rindieron culto a las almas. Basta con evocar los honores fúnebres tributados a Patroclo, que contradicen la idea homérica sobre la insignificancia del alma una vez desprendida del cuerpo.
Agonos funerarios
Homero tiene clara conciencia de que los juegos agonales, al igual que otros tributos, no se proponían simplemente divertir a los vivos, sino también alegrar y regocijar al muerto.
El banquete fúnebre El banquete fúnebre persigue la finalidad de alegrar el alma del difunto: así se explica que el propio Orestes, después de haber dado muerte a Egisto, el asesino de su padre, organizase el obligado banquete fúnebre en su honor (Odisea, III, 309).
El alma vuela inmediatamente hacia el Hades, pero flota momentáneamente entre el reino de los vivos y el reino de los muertos hasta que éste, reducido el cuerpo a cenizas, la encierra definitivamente dentro de sus fronteras.
La cremación del cadáver
Homero no conoce otra forma de enterramiento que la cremación. Este modo de deshacerse del cadáver no es el que primero se le ocurre a las gentes. La inhumación es un procedimiento más sencillo y menos costoso.
A la destrucción del cuerpo por el fuego se le atribuía la virtud de separar por entero el alma del mundo de los vivos. Con la cremación del cadáver se trata de velar por la paz de los muertos.
El culto de los muertos, en Micenas
En la rica Micenas eran inhumados los príncipes y las mujeres, así como las gentes humildes del pueblo. A los príncipes se les enterraba enjoyados y acompañados de valiosos instrumentos. En ocasiones se encendía el fuego para el sacrificio de animales (ovejas y cabras).
Los poemas homéricos
La poesía homérica toma muy en serio la convicción de que las almas, al separarse de sus cuerpos con la muerte, se van a vivir una vida a medias y carente de conciencia en el país inasequible de los muertos.
Homero y la fe popular
La libertad con que en los poemas de Homero se enfocan todas las cosas y situaciones del mundo no era ni podía ser patrimonio de todo un pueblo, ni siquiera de una parte extensa de él.
En Homero, los innumerables cultos locales de Grecia son ignorados. Los dioses homéricos son panhelénicos. Homero simplifica y armoniza lo confuso y pretórico. En esa unidad poética, Grecia parece unida y unificada en la fe en los doses y en el lenguaje, en el régimen constitucional, en la moral y en las costumbres.
Declina el culto al alma
Los poemas de Homero reflejan la fe popular tal como ésta se había plasmado en la época en la que dichos poemas fueron compuestos en las ciudades jónicas.
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