jueves, 31 de enero de 2019

#Resumen J. P. Vernant - Mortales e inmortales, el cuerpo divino

Jenófanes, seis siglos antes de Cristo, se burla de la heterogénea y bulliciosa tropa compuesta por los dioses homéricos, pero no afirma que los dioses no tengan cuerpo. El cuerpo y el intelecto de los dioses es desemejante al de los hombres.

El dios ve, oye, comprende; pero no tiene necesidad de órganos especializados como ojos u oídos.

Durante la era arcaica, la corporeidad griega no conoce todavía la separación entre alma y cuerpo, tampoco establece ningún corte radical entre lo natural y lo sobrenatural.

Comprometidos con el curso de la naturaleza, con la physis, el hombre y su cuerpo llevan inscrita la marca de cierta imperfección congénita; el sello de la impermanencia y de lo pasajero se encuentra, a manera de estigma, impreso en ellos.

Efímero es el cuerpo humano. Las potencias vitales que despliega no pueden permanecer más que un breve momento en estado de plenitud.

En ese sentido, la muerte no se puede presentar únicamente como el final de la vida del hombre. Ella está agazapada frente a la vida como la cara oculta de una condición existencial donde aparecen en combinación. La muerte (sea como sueño, fatiga, hambre o vejez) reside en la intimidad del cuerpo humano a manera de testimonio de su precariedad.

Los dioses son no-mortales y no-perecederos. Estas designaciones nos dan a entender que, para acceder al cuerpo y a la vida de los dioses, los griegos partieron del cuerpo defectuoso, de la existencia mortal.

Los dioses disfrutan de los banquetes por el gusto de la fiesta en sí no para saciar su apetito. Su alimentación consistía en néctar y ambrosía, alimentos y bebidas propias de la inmortalidad.

El cuerpo griego en la Antigüedad se muestra como blasón que hiciera aparecer por medio de trazos emblemáticos los numerosos valores de los cuales está provisto el individuo, de los que resulta titular y que proclama su timé.

La timé supone la dignidad y el rango del hombre griego. Para referirse a la nobleza de espíritu con que cuentan los mejores (los áristoi, el griego dispone de la expresión kalós kágathos, que indica que la belleza física y la superioridad moral son indisociables, que una puede evaluarse con solo observar aquella.

Si bien el cuerpo humano aparece como algo perfectamente delimitado, resulta absolutamente permeable a las fuerzas que lo animan, accesible a la intrusión de potencias vitales que pueden agitarse.

< A menudo, cuando el espíritu de los hombres se ciega o se hace lúcido es porque algún dios ha intervenido en la intimidad de su nóos (mente) o de sus phrénes (voluntad/razón), inspirándole el extravío propio del error, até, o, por contra, alguna sabia solución.

Las panoplias militares son al cuerpo del guerrero lo que el maquillaje, los aceites, las joyas, los tejidos tornasolados o los ornamentos del pecho son al de las mujeres.

Cuando los dioses crearon a Pandora, la primera mujer, para convertirla en una maravilla digna de verse en la terrible trampa sin salida donde irán a caer los hombres, le proporcionaron un cuerpo virginal y el repertorio instrumental que convierte en operativo tal cuerpo: vestidos, velos, cintos, collares, diademas.

Los héroes saben que, al contrario que el de las deidades, el cuerpo humano se consume, se deshace, perece. De los héroes, sin embargo, perduran dos cosas tras la muerte. Primero, el recordatorio funerario: sobre su tumba para recordar a los hombres de los tiempos venideros su renombre y sus hazañas. Segundo, el canto de alabanza, fiel relato de sus proezas, que los arranca del anonimato de una muerte donde se desvanece el común de los mortales.

Los dioses tienen un cuerpo que pueden convertir a voluntad en invisible, ya sea recurriendo a la bruma o dándole a su cuerpo apariencia completamente humana.

El cuerpo de los dioses brilla con tal intenso fulgor que ningún ojo mortal podría soportarlo.

Una de las funciones del cuerpo humano consiste en situar con precisión a cada individuo, asignándole un lugar y solo uno en el marco de lo extenso. Los dioses, en cambio, están al mismo tiempo aquí y allá, sobre la tierra, donde se manifiestan mediante sus acciones, y en el cielo, donde residen.

Los dioses, sin embargo, no gozan de un poder de ubicuidad absoluto, pero gracias a su veloz facultad de desplazamiento están exentos de las leyes impuestas por la exterioridad de las partes del espacio.

¿Por qué hablar del cuerpo de los dioses?

Por una parte, los griegos de la época arcaica, para expresar el ser de algo, no tienen más remedio que expresarlo mediante el vocabulario de lo corporal

Por otra, la identidad individual comporta dos cosas: un nombre y un cuerpo. La identidad de los dioses es un rasgo del politeísmo.

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