#Resumen El siglo de Augusto – Grimal
Introducción.
Introducción.
El siglo de Augusto se extiende desde la muerte de César, el 44 a.C, hasta la muerte de Augusto, el 14 d.C. Pertenecía a una familia burguesa, de caballeros. Su familia se elevó cuando el padre del llamado en ese entonces Octavio se casó con una sobrina de César. Fue adoptado por este último en el año 45 a.C. En el año 27 el Senado le otorgó el nombre de Augustus, luego de que restaurara la paz y la pusiera a disposición del Pueblo y de Senado. Se pensó en llamarlo Rómulo, por el fundador de la ciudad; sin embargo no lo hicieron porque consideraron que no era un buen augurio, ya que Rómulo fue rey y murió asesinado por sus senadores.
El vocablo con el que se lo nombra se aplicaba a lugares u objetos consagrados, designados por los augures. “Augusto” afirmó la misión divina del Fundador, su carácter afortunado de todas sus iniciativas. Los poderes de Augusto parecen resumirse con frecuencia en un sistema constitucional cuya meta es concentrar toda la autoridad real en manos del príncipe, manteniendo la apariencia de la libertad republicana. Se admite muchas veces que para lograrlo Augusto recurrió a una “propaganda” creada por historiadores y poetas, a quienes encomendó conquistar los espíritus. En ese caso, Augusto hubiera sido sólo un político genial movido por la ambición, que utilizó el aparato religioso para sus propios fines.
Sin embargo, eso no explica el florecimiento intelectual, artístico y literario de su época. El término “propaganda” es incluso demasiado peyorativo. Pero si no lo empleamos, debemos entonces resignarnos a no descubrir en ese siglo una unidad profunda. En realidad, Augusto encarnó plenamente fuerzas espirituales latentes, aunque no recargó su sistema político con creencias religiosas. No toma las formas artísticas y literarias a su servicio para revestirlas con su propio carácter, sino que de acuerdo con ellas da forma a un ideal que es el suyo, pero también el de Roma, ideal que sin su influencia tal vez no se hubiera expresado jamás. La conquista romana ya no podía subsistir por la sola fuerza de las armas: el Imperio estaba repartido en Occidente y Oriente, la aristocracia se enfrentaba a sí misma. No bastaba con recurrir a la violencia, y Augusto propuso una justificación nueva de cuanto en el sistema antiguo seguía siendo viable.
Capítulo I.
Los años preliminares y la conquista de los espíritus.
Los asesinos de César quería suprimir al “tirano” que impedía el libre juego de las instituciones republicanas. No pensaban que estas se habían condenado a sí mismas debido al medio siglo de anarquía y a la reanudación casi incesante de las guerras civiles. Para ellos bastaba con volver a depositar el poder en manos de los cónsules elegidos para que todo volviera al orden. Sin embargo César había echado los cimientos de un orden nuevo. Desde el principio la restauración republicana se hallaba comprometida, pero Antonio (su más fiel lugarteniente) no se erigió en seguida en defensa del asesinado. Se opuso a conceder honores excepcionales a los homicidas, pero no pidió que se los condenara y se conformó con hacer validar en bloque todos los actos de César, incluyendo sus proyectos. Cinco años de actividad legislativos no podían ser abolidos, pero la realidad del poder no pertenecía ni al Senado ni al cónsul.
Si Antonio era dueño de la situación no era por su cargo oficial sino por su posición de lugarteniente de César. Durante las semanas siguientes Antonio se esforzó por mantener la paz, pero no pudo evitar que se produjeran disturbios. Entonces Octavio regresó a Roma y resolvió reclamar la herencia de su padre adoptivo. Pronto comenzó a celebrar el culto naciente al dios César. Los historiadores se ha preguntado en qué medida era sincero Octavio cuando afirmaba el carácter divino de César, y en qué medida, al apoyar la creencia popular, no hacía sino utilizar para sus propios fines la superstición de la muchedumbre. Octavio no era el fundador de una religión pero sí era creyente, respetaba a los dioses y se interesaba en la astrología.
Los seguidores de César empezaron a dudar de Antonio; este lo notó y se acercó oficialmente a Octavio y obtuvo el alejamiento de los principales conjurados. Como veía próximo el fin de su consulado decidió asegurarse el mando militar tomando el gobierno de la Galia Cisalpina, que ejercía uno de los matadores de César. Mientras Antonio reunía sus legiones, Octavio llevó tropas de veteranos cesarianos y marchó sobre Roma, pero sus soldados se negaron a combatir con los de Antonio y debió huir. Poco tiempo más tarde dos de las legiones de Antonio se declararon por Octavio, y Cicerón consiguió que el Senado reconociera la legalidad de sus ejércitos. Antonio consiguió evitar ser declarado enemigo público y renunció a la Galia Cisalpina a condición de recibir por cinco años el poder sobre casi toda la Galia transalpina. Tras varias batallas las tropas del Senado vencieron, y Antonio debió retirarse.
Octavio estaba en una situación precaria, porque Cicerón se jactaba de haberlo utilizado y creía que el cesarismo había terminado, pretendiendo conseguir el consulado. Empero, el pueblo se lo dio a Octavio. Su primer acto fue condenar a los asesinos de su padre, luego se entrevistó con Antonio y junto a este y Lépido conformó el Segundo Triunvirato. Este constituía una magistratura oficial que tenía la misión de restaurar el Estado y asegurarle una constitución viable. En ese momento comenzaron las proscripciones, y entre los que murieron y los que huyeron no sobrevivió ningún miembro importante de la facción republicana. Hubo una nueva guerra civil, durante la cual Casio y Bruto se suicidaron.
A su término Antonio partió para Oriente y Octavio quedó encargado de gobernar Italia. El primero conservaba mayor prestigio y decidió emprender una expedición para conquistar el Asia interior. Así conoció a Cleopatra, por la cual dejó a su mujer. Mientras tanto, el segundo se dedicaba a tareas necesarias pero ingratas como recompensar a los soldados y distribuirles tierras en Italia, lo cual generó disgusto entre los campesinos desposeídos. Esos dramas quedaron registrados en los escritos de Virgilio, que puso a los pastores representando a los campesinos que se ven obligados a dejar sus tierras cultivadas con tanto esfuerzo. Pero no todo es sombrío en ese cuadro (el noveno). El primero invita a los italianos a que depositen su confianza en Octavio: Títiro va a Roma a suplicarle a Octavio y este le responde como un dios oracular, a partir de lo cual Títiro comenzará a ofrecer sacrificios en honor a su divinidad. Esa Bucólica marca el inicio del culto a Octavio.
Cada hombre tiene su genius, un elemento divino, inmanente a su ser y a su vida misma. A ese genius se dirigen las oraciones y las ofrendas. Las prácticas era bastante general entre los plebeyos, libertos y esclavos: todos los que vivían en la dependencia material y espiritual de un patronus, un señor y protector.
En el 40 se firma la paz entre Antonio y Octavio. Como la primera mujer de Antonio había muerto, éste desposó a la hermana de Octavio, Octavia. El primero se quedó con el Oriente, el segundo con Occidente, y Lépido obtuvo África. En el comienzo de esta era de paz Virgilio compuso la más célebre de sus Églogas. El poema canta a un niño recién nacido o por nacer (es intencionalmente ambiguo) y que será testigo de la felicidad nuevamente hallada. Poco a poco muestra al universo que rehace el camino que lo condujo de la dicha primitiva a las desdichas de hoy. La única guerra que subsistirá sólo será una expedición lejana, una nueva “guerra de Troya” donde los héroes se harán ilustres. El poeta concede 30 años para que vuelva ese siglo bendito, pero desde ahora es el fin de los años sombríos.
La identidad del niño es incierta. Algunos creen que se trataba de un hijo del cónsul Polión, muerto a corta edad. Otros creen que era un hijo de Antonio, porque su nacimiento simbolizaría la indisoluble unión de los dos líderes del mundo (esto no se cumplió porque el primer hijo de la pareja fue una mujer). Virgilio expresaba las aspiraciones del pueblo, los astrólogos y filófos, que prevían el retorno de la Edad de Oro. Se pensaba comúnmente que la vida del universo estaba sometida a un ritmo periódico, que se inscribía en el interior de un “gran año” definido por el retorno de los astros a su posición inicial. Este “año” estaba dividido en “meses” de duración variable, entre un siglo y ciento diez años. El final de un saeculum estaba marcado por un prodigio (moría el último humano nacido desde el comienzo del siglo) y los dioses lo manifestaban con algún acontecimiento extraordinario. En Roma, el final de estos siglos se celebraba con los Juegos Seculares.
Lamentablemente no hubo un milagro que resolviera las dificultades. Sexto, hijo de Pompeyo, era dueño del mar y provocaba el hambre en Italia. Se convocó a una reunión con Antonio, a la cual acudió Mecenas con Virgilio y Horacio. Éste puso en verso el relato del viaje en una sátira que describe la vida de Octavio con gran simplicidad: tenían viviendas modestas, cocina vulgar, chanzas del payaso del pueblo. La intención del poema es insistir en la gran amistad que une a esos compañeros, de sentimientos nobles y verdaderos. Se adivina una de las futuras preocupaciones de Augusto: evitar el fasto y el lujo privado, ser fiel al ideal romano de simplicidad y economía. Esto contrasta con el aparato casi real del que se rodeaba Antonio en Asia.
En las negociaciones de Tarento se resolvió prorrogar el triunvirato durante 5 años más, hasta el 33. Octavio venció a Sexto Pompeyo y Lépido, que trató de oponerse al primero, perdió su poder triunviral y fue enviado a una residencia vigilada. Antonio fue perdiendo su autoridad conforme se prolongaba su alejamiento de Roma. Tuvo varios éxitos diplomáticos pero pocas victorias, y una propaganda maliciosa pretendió que Antonio se entregaba a las delicias del Oriente, obrando como rey y olvidando su origen romano.
Mientras tanto Octavio veía el peligro de apoyarse sólo en el pueblo (hubo revueltas por la escasez de víveres y el alza de los precios) y buscó el apoyo de la clase media que permanecía arraigada a la tierra como medio de existencia. Fue ese el momento en que Mecenas encargó a Virgilio que compusiera una epopeya rústica en la cual cantara no sólo la nobleza de los trabajos agrícolas y de la vida en los campos, sino también de la tierra italiana, que había hecho las fuerzas de las legiones.
La intención de Octavio al invitar a Virgilio a que escribiera Las Geórgicas era promover la agricultura e incitar a los romanos a que volvieran a las ocupaciones de sus antepasados. El poeta podía devolver el sentido de la dignidad a la burguesía provinciana que sobrevivía: tenía que reconciliar a Italia con Roma. Había un sentimiento de patriotismo local que persistía, y no es casual que Las Géorgicas, inspiradas por Mecenas, unieran en un mismo elogio a todos los hombres que cultivaban la tierra. Los poemas de Virgilio contribuyeron a quitar a los provincianos de Italia el sentimiento de que eran inferiores a la plebe de Roma, ya que uno de ellos proclamaba (con la aprobación de Octavio) su preeminencia moral, la grandeza de su vida.
La política italiana no le hizo olvidar a Octavio que había que mantener la popularidad en la capital, y pronto se dedicó a realizar obras públicas para mejorar la ciudad. Construyó, entre otras cosas, una red de cloacas urbanas, acueductos, templos y teatros.
En el año 33 terminó el triunvirato, y aunque teóricamente el poder volvería a los magistrados ordinarios Octavio decidió enfrentarse a los cónsules (partidarios de Antonio) apareciendo en la sala de sesiones con una escolta armada. Antonio tenía de su lado muchos republicanos que habían escapado de Octavio, pero su coalición carecía de unidad. Sus numerosas imprudencias daban pie a los rumores de que se había entregado a los placeres del Oriente y pensaba pasar la capital del Imperio a Alejandría, convirtiendo a romanos e italianos en esclavos. Para la opinión pública era una lucha entre la libertar y la civilización contra la barbarie y la esclavitud. Durante la batalla, una buena parte de los aliados de Antonio se unió a Octavio, y finalmente este venció. Antonio y Cleopatra se suicidaron luego de la derrota.
Capítulo II
El principado augustal.
El principado augustal.
Después del año 27 el “principado” de Augusto podía indiferentemente orientarse hacia una restauración republicana o una monarquía, pero también permanecía fiel a las instituciones del régimen oligárquico abolido por César en el 49. El Estado romano conserva sus instancias fundamentales, el Senado y los comicios pero su funcionamiento está dominado por un princeps, el hombre designado por los dioses como guía. Augusto podía invocar aquí una obra de Cicerón, De Republica, donde se describía el funcionamiento de una constitución bastante similar a la instaurada en el 27.
En la base figuraba el acuerdo libremente consentido de todas las clases, poder que era ejercido por magistrados bajo fiscalización del Estado, personajes eminentes, los principes y los optimates, los “buenos ciudadanos” (hombres que tenían influencia sobre sus conciudadanos, fuese por su nacimiento, su fortuna o su talento). Estos deben servir de guías a todo el pueblo y trabajar por el bien común. Cicerón deseaba reemplazar la antigua jerarquía basada en el nacimiento por una fundada en la virtud. Hay una manifiesta influencia estoica en este escrito, influencia que también tuvo Augusto, quien de joven tuvo un maestro adepto a esa filosofía.
Después de la reorganización del 27 Augusto se alejó un tiempo de Roma. Volvió el año 24 con motivo de una grave enfermedad. Reparte sus responsabilidades entre los hombres de su círculo privado pero finalmente se recupera. Sin embargo, entendió que le convenía separar más los poderes del príncipe y de los magistrados ordinarios para evitar que si le sucedía algo, llamaran a su colega en el consulado para reemplazarlo.
Mientras él viviera, la unión en su persona de poderes ordinarios y una preeminencia excepcional no era un problema, pero ante una eventual muerte había que tener en cuenta el verdadero carácter del régimen que había fundado: por una parte estaba el Senado y el Pueblo, y por otra el Príncipe y su casa, que ejercían una función de regulación y control. Podía suceder que uno de los dos elementos desapareciera y Roma se convirtiera en una monarquía o en una república. Pero la esencia del principado consistía en su existencia.
En vista de esto, Augusto renunció al consulado pero se atribuyó el derecho a vetar todos los actos de los magistrados. Tiempo antes, con motivo de su enfermedad, surgió el problema de la duración del régimen, es decir, el de los sucesores de Augusto. Tuvio un primer casamiento estéril con Claudia, la hijastra de Antonio, y a finales del año 40 se casó con Escribonia, una viuda con la que tuvo una hija, Julia. Se divorció y en el 38 se casó con Livia Drusila, quien tuvo que separarse de Tiberio Claudio Nerón.
Pero ese matrimonio también resultó estéril, y Augusto debió buscar otro sucesor. Tiberio, su hijastro, y Marcelo, hijo de su hermana Octavia y Antonio, fueron elegidos pero Augusto casó a Marcelo con su hija Julia, por lo que parecía llamado a ser el Heredero de Augusto.
Pero Marcelo se enfermó repentinamente y murió, por lo cual Augusto mandó a su hija viuda a casarse con Agripa, su hombre de confianza. Tuvieron dos hijos: Gayo y Lucio César. A la muerte de Agripa obligó a Julia a casarse con Tiberio, quien tuvo que divorciarse de su esposa y pasó a estar encargado de la educación de los príncipes. Por ese motivo estaba relegado a subalterno. Augusto lo mandó a Oriente pero Tiberio se exilió voluntariamente en Rodas para dedicarse al estudio de las letras. Una vez apartado, Gayo y Lucio son llenados de honores. Augusto decidió enviar al mayor a una misión militar para completar su formación, pero éste fue herido y murió pocos meses después, en el año 4. d.C. Dos años antes había muerto su hermano Lucio.
Lejos de encontrar un sucesor, Augusto adoptó al mismo a Tiberio, su hijastro, y a Agripa Póstumo, hermano de Gayo y Lucio. Así se aseguraba que el poder quedara en la familia, y aunque no quería a Tiberio, al adoptarlo lo obligó a su vez a adoptar a Germánico, nieto de Octavia, de modo que Tiberio sólo sería el depositario del poder Imperial. Pero sus intenciones se frustraron cuando por maquinaciones de Livia. Agripa Póstumo fue relegado a una isla y luego ejecutado. Así Tiberio sucedió a Augusto a su muerte.
Capitulo III
La literatura Augustal.
La literatura Augustal.
El siglo de Augusto coincide con la edad clásica de la literatura latina, y su acción personal o la de Mecenas no basta para explicar el florecimiento de los poetas. Esta fue preparándose durante las generaciones anteriores y alcanzó su apogeo en ese momento. Dicha edad de oro duró menos que el reinado de Augusto, y había comenzado en los últimos años del César. Virgilio murió en el 19 a.C, más de treinta años antes que Augusto. Propercio murió hacia el 15 a.C , Horacio en el 8 a.C al igual que Mecenas, y el final del principado está desprovisto de grandes nombres. La vocación de estos poetas no debían nada a Mecenas ni a Octavio; la comparación de fechas nos lleva a comprobar que la madurez literaria del siglo precedió el triunfo de Augusto.
La independencia de los poetas agrupados en torno de Mecenas es el rasgo más notable de todo ese período. Mecenas hubiera querido que al menos uno de ellos cantara las hazañas guerreras de Octavio. Su insistencia se adivina a través de las disculpas que sucesivamente le dirigen Virgilio, Horacio y Propercio: mejor que otro componga la epopeya esperada. Su musa, dicen, es demasiado débil y de poca inspiración. Virgilio, en tiempo de las Bucólicas, pretende que tan grandes temas no convienen a los pastores. Cuando finalmente escribe su epopeya, esta será sobre los tiempos heroicos a la fundación de Roma. Horacio tiene excusas más fáciles. Su talento sólo se adecua a canciones livianas que alaban al amor, el vino, el ocio, la sombra de las parras o moralizar sobre las ridiculeces de sus contemporáneos.
Augusto le pide que se ponga oficialmente a su servicio como secretario, pero el poeta se niega. Propercio también. De esa forma, Mecenas no tuvo pleno éxito al dirigir a los poetas de su grupo, pero les proporcionó seguridad, bienestar, amistad y dignidad. No había rivalidades en ese grupo, ni celos, ni condescendencia. La personalidad de Mecenas, que detestaba la muchedumbre y la gloria vulgar, aportó uno de los caracteres esenciales de la literatura augustal: su sentido de la medida y el gusto. Las primeras piezas de Horacio, sus Épodos, tienen un sabor popular que no tendrán sus piezas posteriores. Sus Sátiras afecta un tono de mayor urbanidad, y la libertad misma de los dichos no llega al exceso.
La acción de Mecenas también influyó en la exigencia de perfección que era común al grupo. Consideraba al poeta como un ser de excepción, a quien se debe proteger, librar de las necesidades de la vida y al que se le pide a cambio que dé una expresión eterna a los sentimientos que los demás hombres no sienten ni conciben sino de un modo imperfecto. En los versos de sus poetas no se canta a Augusto sino al espíritu de la revolución augustal, que supera a la propia persona de Augusto.
Una obra, sobre todo, domina el siglo: la Eneida, de Virgilio. Fue comenzada a pedido de Augusto o Mecenas hacia el año 29 a.C e interrumpida en el año 19 por la muerte de Virgilio poco antes de que la concluyera. Es probable que Augusto contara con la Eneida como ayuda para su reorganización del poder. El poema presenta la justificación mítica de la vocación de los Iulii. Después de la destrucción de Troya, el poder recaería sobre Eneas y sus descendientes, que obtendría el imperio del mundo. El argumento elegido por Virgilio tenía la ventaja de vincular directamente a la Roma imperial con el pasado prestigioso del mundo heleno. La Ilíada se convertía en garante de la grandeza romana. Así como las Geórgicas reconciliaron a Roma e Italia, la Eneida debía reconcilia las dos mitades del Imperio: las provincias occidentales y los antiguos reinos helenísticos, por lo cual Virgilio insiste sobre los lazos que unen a Eneas a tal o cual príncipe griego.
Propercio intentó componer poemas de inspiración similar, pero a partir del año 23 a.C su inspiración cambia y se dedica a cantar sólo antiguas leyendas romanas, temas esenciales de la ideología augustal. También escribió elegías de amor, entre las cuales dedica una a la hijastra de Augusto.
En cuanto a Horacio, preocupaciones morales, políticas y nacionales están presentes en su obra. Se inspira en Píndaro, poeta griego, y en el amor, el vino, los placeres de la mesa, la amistad y los incidentes de la vida. Exhorta a disfrutar la vida sin preocuparse por el mañana, y en síntesis, habla de la dicha de vivir. Esa dicha había venido con el reestablecimiento de la paz. Las Odas de Horacio son antes que nada los cantos de alegría y de reconocimiento que la humanidad entera eleva a Augusto. Parte de ellas están consagradas a una exposición de las reformas morales que más tarde realizará Augusto.
Ovido, otro famoso poeta de la época, no estaba en el círculo de Mecenas debido a su costumbre de apartarse de las influencias. Ovidio no se avergüenza de ser un poeta mundano y se vincula con una escuela seguidora de los alejandrinos. Su dominio era la poesía amorosa o leyendas, como antes hacían Calímaco y Apolonio de Rodas. Esta escuela también influenció en las obras de Virgilio.
Ovidio escribía sobre amor sin haberlo experimentado realmente una verdadera pasión, como otros poetas. También escribió las Heroidas, unas cartas imaginarias en las que Penélope, Briseida, Fedra, Dido, se quejan de haber sido abandonadas. Estas conservan un rasgo esencial del espíritu alejandrino: la “modernización” de los temas legendarios. Todas hablan como cortesanas del tiempo de Augusto: el autor no intenta darles una psicología verosímil en relación a la época, sino que hace de ellas mujeres “ordinarias”.
Luego compuso un Arte de amar en tres libros, una parodia que sirve de pretexto para hacer cuadros de costumbres. Pero conforme pasaba el tiempo más austero se ponía Augusto y llegó a enviar a única hija, Julia, al destierro a causa de una supuesta conducta inmoral. Ante este panorama Ovidio sintió que el momento no se prestaba para la poesía galante y se dedicó a una epopeya mitológica, cuyo tema era la historia de las “metamorfosis”.
Las Metamorfosis se presenta como un poema científico colocado bajo la invocación de Pitágoras y que pretende ilustrar (con la ayuda de relatos míticos) la ley universal del devenir. Pero es una relación muy floja, y cada episodio es retratado por sí mismo. También tuvo la idea de escribir los Fastos, un texto consagrado a las fiestas del calendario romano, sus costumbres y tradiciones. Con esto Ovidio pretendía a ganarse a Augusto, pero le dio una influencia helenística colocando faunos y dioses en los comienzos de Roma y finalmente, fuera por esta u otras razones, Augusto lo desterró.
Las obras poéticas de esta época son superiores a la prosa. A los grandes poetas sólo se les opone un historiador, Tito Livio. La razón de ese desequilibrio es, en primer lugar, el cambio del régimen político. Ya ha pasado el tiempo de los grandes oradores, los discursos ya no son capaces de modificar la opinión pública. En cuanto a la historia, Augusto buscaba al historiador que hubiera sabido descubrir esa continuidad en el pasado y mostrar la plasticidad de las instituciones según las épocas. Tito Livio emprendió esa tarea y escribió en 142 libros la historia de Roma desde su fundación hasta el 9 d.C., tarea interrumpida por su muerte. Apartándose del método de los historiadores de la época, que escribían acerca de una sola guerra, Tito Livio volvió a la idea de los antiguos historiadores latinos y refirió año a año los acontecimientos ocurridos. Pero su relato está “orientado”. Se trata de explicar a Roma y verla vivir, de comprender las razones de su grandeza, de deducir qué razones de esperanza aporta el principado. A pesar de servir a una política es una obra honesta, las fuentes son comparadas, criticadas. No se ocultan los hechos poco gloriosos y en última instancia no sirve tanto a Augusto como a la patria.
Tito Livio y Virgilio se complementan. Ambos trabajaron en “esculpir” una imagen del alma romana, que era la que Augusto deseaba. No por esto esa imagen debe ser falsa y arbitraria. Lo que hacen es rescatar el ideal romano, que ya existía pero estaba alterado por el olvido, la evolución de las costumbres, las transformaciones sociales y económicas. Innegablemente la revolución augustal fue una restauración. Y si la poesía adquirió un papel fundamental fue porque la lectura colectiva de los poetas constituía lo esencial de la formación moral.
Capítulo IV
El arte en la época Augustal.
El arte en la época Augustal.
Durante esta época hubo un esfuerzo de restauración religiosa y reposición de viejos cultos mediante la recuperación de viejos templos y santuarios. Marte y Venus, padre y madre de la raza nacida de Rómulo, dominaban las dos grandes plazas públicas. También se dedicó Augusto a los lugares donde los ciudadanos podían volcarse al ocio. Con las restricciones impuestas a la actividad política era prudente proporcionar a la plebe otros placeres y dispersarla a través de numerosas plazas públicas. De ese modo el urbanismo de Augusto depende de otras consideraciones que no se relacionan con la estética.
Los lugares de espectáculos fueron igualmente objeto de la solicitud del príncipe. Augusto retomó la idea de construir otro teatro que había tenido César, ya que sólo existía un teatro permanente en Roma (el de Pompeyo). Le dio el nombre de Marcelo, en recuerdo al joven fallecido. Tuvo inspiración helenística pero con el agregado de caracteres romanos. Fue un período de gran actividad arquitectónica. El monumento más característico, el Altar de Paz de Augusto, contiene imágenes de niños, ganado e imágenes acuáticas, lo cual recuerda a las obras de Virgilio. La ideología augustal podría haber dado lugar a un arte cargado de alegorías, pero todas las composiciones son aligeradas y simples.
Capítulo V.
La paz Augustal.
La paz Augustal.
La obra de Augusto fue esencialmente de pacificación, restableciendo (a veces por la violencia) la “concordia de las clases” en el interior, y también en las provincias y fronteras. A pesar de haber tenido varios fracasos militares, el conjunto del Imperio permaneció en paz y conoció una unidad improcedente. Hasta entonces, las provincias eran administradas sin mayor empeño por gobernadores, antiguos cónsules o pretores, más preocupados por su posición política en la misma Roma que en procurar el bienestar a sus administrados.
Muchos veían un gobierno provincial como un mal necesario en su carrera, otros aprovechaban para adquirir el dinero necesario para pagar sus deudas y comprar a los electores. Los gobernadores honrados no permanecían en el cargo bastante tiempo para adquirir la experiencia necesaria. Augusto se esforzó en transformar ese sistema de explotación de las poblaciones conquistadas. También reorganizó la orden de los caballeros, que agrupaba a una aristocracia del dinero sin los privilegios políticos de la verdadera nobleza. Después de los 35 años quedaban disponibles para desempeñar funciones públicas. Así se constituyó una clase de administradores.
Asimismo, incorporó provincianos al Senado, para restaurar la aristocracia tradicional. Eventualmente el Senado volvió a ser una clase dirigente en la que se reclutaban los gobernadores. Todas esas reformas tuvieron como resultado el alivio de la condición de súbditos. La prosperidad general aumentó y hubo un impulso de la industria y el comercio. Las nuevas rutas servían al desarrollo de las comunicaciones y entraronn los mercaderes de todos lados. Sus productos entraban libremente, no existía el concepto de proteccionismo.
Hubo una baja de precios y un aumento en el nivel de vida. La riqueza ya no era el privilegio exclusivo de los conquistadores. Había retornado la Edad de Oro que Virgilio prometía. En esas condiciones nace una gratitud inseparable del sentimiento de patriotismo imperial, el orgullo de pertenecer a un Imperio fuerte y próspero. Se olvida el rencor de los súbditos; el emperador no es el jefe de un ejército de una nación conquistadora, sino el Padre (y luego el dios), a quien se debe todo, y hay un fuerte culto de Roma y Augusto.
Augusto consiguió unir los territorios del Imperio, sino que dio a todas las provincias un sentimiento y una fe que no existía en tiempos de la República, como también la convicción de que Roma había recibido una misión providencial.
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