viernes, 3 de marzo de 2017

Tópicos de la sátira romana.

En las sátiras cabe todo: la actividad humana en toda su amplitud, la vida de la ciudad y sus contrastes, la brutalidad de algunas costumbres, la ridiculez de algunas personas, la injusticia con la que se trata a quienes no tienen medios, las dificultades de la vida familiar. Asimismo, cualquier escenario es apto: los juegos del circo, los baños, los banquetes, la intimidad del hogar, la calle. Los romanos consideran el género satírico como cosa suya, no sólo en el sentido de que se adecúa al temperamento del pueblo latino, sino en el más seriamente literario: reclaman el reconocimiento de la originalidad de la sátira romana como género.

La satura latina es en un primer momento un conjunto de composiciones de carácter misceláneo (como las de Ennio) literatura en contacto con la vida del pueblo, popular como lo era la vieja comedia, que permite una amplia libertad. Es un conjunto en el que caben todos los metros y los temas, lo jocoso y lo serio, lo helénico y lo latino, formas hirientes y escabrosas. La sátira llamada Menipea, satura al modo cínico cultivada por Varrón es distinta a la de Lucilio; esta última pasará de ser una “mescolanza” a ser fundamentalmente “denuncia”. Él fija la forma (el metro) de la poesía satírica. Fija el ritmo dactílico como propio de la saturae , que deja de lado lo épico y mantiene el aire familiar de una conversación en la calle. Otro elemento que la caracteriza es la intención. El género es agresivo y fustiga los vicios de la humanidad, pero no siempre lo hace sirviéndose del ataque. El satírico explota el lado ridículo de la situación blanco del ataque.

Los elementos que le da unidad son el hexámetro conversacional y la invectiva caústica, aunque el carácter que da autor le dé está matizado: para Lucilio y Horacio, la sátira es aún un género próximo a la comedia, mientras que para otros autores estaba más próximo a la discusión filosófica, o lo entendían como un género serio, capaz de competir con los géneros tradicionalmente graves como la épica, la tragedia o la oratoria, y que puede estructurarse como un discurso o una controversia al estilo de la época.
La sátira es uno de los géneros más personales de la literatura. El escritor satírico está movido por lo que él ve, delata una verdad seleccionada. Es el yo del poeta el que grita con su propia voz, aunque en algún caso se sirva de la “tensión dialéctica” provocada entre dos personajes, forma que abre fácil paso a la exposición de los personales puntos de vista. El temperamento del poeta determina los temas elegidos: actitudes, costumbres, reacciones que sus conciudadanos ven como algo normal pero que a él lo indignan. La sátira es una protesta, y se basa siempre en la realidad, poniendo énfasis en lo ridículo o lo abominable.
Pueden señalarse dos pasos en el objetivo de la sátira:
a)    Poner de manifiesta lo que no va de acuerdo con los principios del poeta.
b)    Hacer ver al público la responsabilidad que tiene en esa deformación. La sátira tiene carácter de enseñanza, no intelectual sino moral.

Otro elemento de unidad es la temática. La observación del poeta lo lleva a la contemplación del pasado, como causa de la situación presente y como punto de comparación. Hay un elemento intemporal que se esconde tras la circunstancias concretas y que está sustentado por la coherencia de la conducta humana, cuyo comportamiento no es ciertamente previsible pero que responde a unas pasiones y vicios que son siempre los mismos. A pesar de la diversificación dada por la visión personal del poeta y por la variedad, hay ciertos tópicos que señalan aspectos perennes de la condición humana. Ese es el motivo de la validez de la poesía satírica por encima de los gustos pasajeros. Son cuatro las raíces del mal que aqueja la humanidad, según la enseñanza estoica: la avaritia, la ambitio, la luxuria y la superstitio. Cicerón define la avaricia como una “estima incontrolada del dinero, como algo que hay que procurar por encima de todo”. El avaro –dice Horacio- es un loco a quien no le importa la opinión de los demás, al que compara con Tántalo, que no puede gozar de sus bienes porque no se atreve a tocarlos. El dinero es el punto de partida de una serie de injusticias que se manifiestan en la vida pública y en la doméstica. El tema del banquete es uno de los tópicos más reiterados en la literatura satírica greco-romana: sátira gastronómica hicieron Ennio, Lucilio, Cicerón y Horacio. Un ejemplo habitual es el del anfitrión que bebe un vino selecto y un agua especial en una copa de oro con piedras preciosas, mientras que el invitado bebe vino de mala calidad en un vaso roto, come pan duro y soporta las insolencias de la servidumbre. Esto no sólo es un tópico literario, sino de una realidad vivida. Juvenal, otro autor de sátiras, se vuelve contra el egoísta anfitrión pero también contra el humillado invitado, que soporta la situación sin protesta. Uno hombre así es un hombre sin honor. Otro tipo de aprovechar es el del homosexual que no conoce la vergüenza y llega a la perversión por el afán de lucro. También está el cazador de herencias, que representa la corrupción de un valor noble (el de la amistad) por dinero. La lealtad, cimiento de la estabilidad, ha sido sustituida por el interés.

Un tópico literario frecuentes es el del enfrentamiento entre la vida difícil de la ciudad y la sencillez de la vida en el campo: el tema del beatus ille. En la urbe no se aprecia ni se paga el trabajo honrado, el que no tiene fortuna se ve convertido en blanco de burlas y es fácil vivir de la adulación, la mentira o la complicidad en un crimen. Además, la vida en la ciudad es incómoda: no se puede dormir, el tráfico hace imposible el camino, y si es de noche hay accidentes, peleas callejeras, ladrones nocturnos y asesinos. Otro aspecto importante de la sociedad materializada es “la miseria de los intelectuales”. El poeta no se queja de la falta de estima o aprecio, lo que ocurre es que no gana dinero, como tampoco lo hace el historiador o el orador. El rhetor, hombre dedicado a la enseñanza, apenas puede dominar una clase excesivamente numerosa y necesita una buena salud para pasar todo el día de pie repitiendo una y otra vez los textos. Se ve acosado con preguntas, y todo para conseguir un miserable sueldo que apenas le alcanza. Peores aún son las condiciones del grammaticus, que deber tener una respuesta para todo y ocuparse de la delicada tarea de formar el carácter de sus alumnos, ser como un padre vigilante. Por su trabajo, recibe en un año lo que recibe el campeón de los juegos en una tarde.

El afán de lujo es una manifestación de la ambición, y ésta conduce (como la avaricia) al crimen y es igualmente insensata. El poder es cosa frágil y está a merced de la Fortuna. Cualquier clase de placer, pero especialmente el del sexo, forma parte del ataque de los satíricos a la lujuria, vicio que constituye en si mismo un crimen.
Una de las más antiguas sátiras de Horacio hace un “sermón” sobre los inconvenientes del adulterio (un adúltero se cayó de un tejado, otro recibió una paliza, otro cayó en medio de una banda de ladrones, sin contar las venganzas de los maridos, que estaban permitida). Igualmente desventajoso es el trato con libertas y meretrices.

Juvenal trata dos temas: el homosexual y la casada infiel. El primero no es un tema definido en la literatura satírica anterior, sino más bien objeto de atención por parte de los filósofos. El tópico de los defectos femeninos, la consideración de la mujer como un castigo inevitable tiene una larga tradición. Sus locuras (abortos, drogas, infanticidios, crímenes, excesos) no encuentran una réplica en la sociedad. Ante esa postura pasiva, fruto de la indiferencia o la hipocresía se enfrenta el poeta. Hay un intento de describir el colapso de la vida familiar y de la moralidad sexual en la que había sido una de las sociedades más puritanas del mundo antiguo. Las mujeres descritas por Juvenal son chismosas, irritables, pedantes, coquetas, seductoras y crueles.

El cuatro de los grandes vicios señalados por el estoicismo es la superstición. Hay mujeres para quienes el astrólogo es la fuente misma de la verdad, y que preocupadas por la previsión del porvenir se niegan a seguir al marido. Horacio, por su parte, ridiculiza la superstición con una escena de terror: dos brujas horribles recogen hierbas malignas y huesos en un jardín de noche. Se ven siniestras, pero ante una luz imprevista se rompe el encanto: una tiene dientes postizos, la otra peluca. Finalmente huyen.

Muchos son los hombres, nombres propios que ejemplifican con su propia vida los vicios y defectos que comenta el poeta. Horacio se excusa irónicamente y explica, con la amabilidad de un joven educado en las provincias, que su padre le mostraba los vicios con ejemplos. Por eso, y aunque la transición parezca brusca, no es extraña la fuerte conexión entre la sátira romana antigua y los sermones de los Padres de la Iglesia. En un mundo que sufría una honda transformación, del que habrían entrado a formar parte nuevos pueblos, en el que surgen nuevas formas de vida, la sátira pervive del algún modo. Los herederos de los sermones oraciones son unos “sermones” ya en prosa, predicados con una intención más liberadora que puramente censora. La intención es la de denunciar la sociedad contemporánea.

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