En la presente ocasión quiero tan solo aclarar mi trabajo dedicado a la tradición moderna. Mi análisis de la tradición moderna de «Helo helo por do viene / el moro por la calzada» tiene en cuenta cada una de las versiones publicadas, pero en todo momento hace referencia a las colectividades y áreas geográficas que en esas versiones expresan sus peculiaridades culturales y artísticas.
El carácter abierto de la estructura del que habla Catalán queda patente. Pero si ponemos cara a cara la serie del área portuguesa y la serie marroquí, por ejemplo, resulta ya difícil seguir hablando de una estructura abierta única, ya que esa abertura es de tal alcance que ha deformado la estructura, cambiándole el aspecto.
A este respecto vale reafirmar que la identidad de una estructura radica no tanto en los materiales que la integran como en la manera en que coexisten y se relacionan y en el sentido que de esta co-presencia activa se desprende. Así podemos hablar de «estructura autónoma» para cada uno de los tipos representativos de las distintas ramas de la tradición; y podemos hablar de «sistema autónomo» para el conjunto de la tradición de un romance, antigua y moderna.
Es sabido de todos que el patrimonio romancístico moderno tiene un perfil temático y estructural en su conjunto bien distinto del antiguo, del cual en grandísima parte se deriva; la tradición a lo largo de los siglos ha abandonado textos, temas y modalidades expresivas, ha retenido otros modificándolos, ha elaborado otros nuevos.
Decir que cada romance tiene su historia puede parecer excesivo si tomamos a la letra tal aserto, pero no lo es si miramos a su esencia.
Tenemos por un lado la parte mayoritaria de la tradición que ofrece versiones no muy diferentes entre sí; por otro lado, la geografía folklórica nos enseña que dentro de cada área suele haber cierta uniformidad temática, aunque la variabilidad verbal sea máxima.
Por otra parte, ofreceré aquí algunas notas sacadas de un trabajo que tengo en preparación sobre la estructura del relato en el romancero.
He distinguido dos maneras fundamentales de organizar el relato, que por comodidad llamo omega y alfa. En la primera manera, omega, la estructura «superficial» del texto no coincide con su estructura «profunda», esto es, con el orden lógico y cronológico de los hechos; en la segunda manera, alfa, la coincidencia es perfecta.
En nuestro sondeo de 100 romances viejos tenemos 28 que se agrupan bajo la manera omega y 67 que pertenecen a la manera alfa. En un muestrario suficientemente representativo del romancero oral moderno no encuentro ningún ejemplo de textos cuyo relato se organice según la manera omega. Comprenderemos bien este predominio absoluto de la manera alfa si pensamos que es la típica del cuento popular.
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