El disfraz puede ser considerado como un recurso que se relaciona con una búsqueda y con un encuentro; que encubre a la vez que revela.
Es importante hacer resaltar el carácter imitativo del disfraz, quizá la función principal del disfraz consista en expresar ese "querer ser" distinto de lo que en realidad se "es".
Otro de los aspectos fundamentales del disfraz es el carácter de júbilo (búsqueda de libertad). El disfraz cumplía una función ritual durante la celebración del carnaval, pues formaba parte del ciclo renacimiento-muerte-renacimiento, que traía consigo la purificación, augurando, así, una nueva vida.
La esencia misma del disfraz está relacionada con el carácter efímero del carnaval, ya que cumple con cierta temporalidad, la cual culmina una vez concluido el propósito perseguido. A su vez, permite un doble juego: una vez disfrazado, el sujeto lleva a cabo una serie de acciones que, lejos de comprometerlo con su verdadera identidad, lo ponen en una situación de ventaja.
Otro aspecto de interés es el carácter defensivo. En sus inicios equivalía a un arma defensiva ante las fuerzas de la naturaleza, y posteriormente se convirtió en un arma de ataque para luchar contra esas fuerzas.
Por lo que podemos vislumbrar, la idea de protección a que remite el disfraz lleva implícita otra más profunda: la afirmación de la propia identidad considerada en ocasiones como un obstáculo para alcanzar un fin, cuya realización sería prácticamente imposible sin ocultar o disimular la verdadera personalidad.
El disfraz facilita una forma diferente de comunicación al permitir al sujeto disfrazado establecer un vínculo «más cercano» con el personaje a quien se dirige para obtener algún beneficio o, bien, para evitar algún perjuicio.
En los romance que hemos seleccionado: La doncella guerrera, El conde Claros y La condesita, el personaje que aparece disfrazado pretende ser alguien distinto a sí mismo, pero con objeto de alcanzar una finalidad que implique un cambio en el rumbo de la historia:
- evitar la deshonra del padre y servir al rey en su nombre,
- salvar a la emplazada, y
- recuperar al marido
Los tres romances presentan disfraces que tenían aceptación social donde quiera que fuese porque resultaban cosa cotidiana tanto para los destinatarios de la anécdota como para los transeúntes de aquella época. Precisamente la infalibilidad del disfraz consiste en la utilización de un vestuario común y corriente que no sea motivo de curiosidad o duda.
Lo cotidiano del disfraz es utilizado en su función totalizadora, es decir, en virtud de su carácter de verosimilitud, del que se aprovecha el narrador para mezclar en un solo mortero una apariencia ordinaria y una acción extraordinaria.
Los tres disfraces implican una travesía (búsqueda) y la llegada a un destino (encuentro).
En los tres romances se presenta una búsqueda. El móvil del disfraz es encubrir la verdadera identidad para arribar al punto de destino: la corte, la infanta presa, el marido desleal.
En La doncella guerrera, la travesía del disfraz por la corte y su coqueto paseo ante el príncipe derivarán en enamoramiento. Se cumple la finalidad inicial de la disfrazada, pero fructificará también la del príncipe. Se puede decir que el disfraz falla desde el momento en que los ojos del guerrero «roban el alma al mirar».
En El conde Claros, la travesía del disfraz por la prisión remata en la prueba de fidelidad que fructifica en la unión de los amantes. Se cumplen las dos finalidades del disfrazado: el disfraz es infalible.
En La condesita, la travesía por los caminos tiene por objeto recobrar al marido, es decir, reconstituir el orden anterior. El disfraz no podía fallar.
En nuestros tres romances, la mujer —ya sea doncella, amante o esposa— siempre dependerá de la imposición moral y social. En efecto, en las tres historias tiene principal cabida la autoridad del padre, a ella está sujeta la pasividad o la actividad de su hija.
En los tres romances, el padre es el preservador o propugnador de la ley, de la costumbre o de la moral; es uno de los puntos clave para que el narrador pueda transmitir lecciones de comportamiento tanto a hombres como a mujeres, pero sobre todo a estas últimas:
- la conducta que debe seguir la doncella que aún no tiene marido (bajar los ojos);
- la conducta que debe acatar la mujer enamorada que ha faltado a las imposiciones sociales (apartar al seductor);
- la conducta que debe adoptar la mujer que sufre la ausencia del marido (comprobar si éste aún vive).
Los tres son romances de aleccionamiento, pero también de «reivindicación» de la condición femenina o, mejor dicho, de la castidad femenina.
Los romances actúan como reforzadores de los valores sociales, siempre asomados, siempre asomándose en toda poesía que provenga del pueblo o hacia el pueblo se dirija.
El disfraz, como recurso anecdótico, propicia la travesía de una situación a otra; y también ha permitido al narrador transmitir la ideología colectiva, ya modificadora, ya reafirmadora de la ideología del lector, según sea el caso.
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