La Edad Media recurrió a los textos de tácticas militares de la Antigüedad. Sin embargo, poco a poco fue elaborando su propia literatura medieval.Un ejemplo de ello lo encontramos en las reglas de las órdenes militares, especialmente la de los templarios, que contiene preciosas informaciones de carácter táctico.
A partir de la segunda mitad del siglo xiii fue surgiendo toda una literatura político-militar destinada a incitar a los dirigentes temporales y espirituales de la cristiandad latina a la reanudación de la cruzada contra los infieles.
A su vez, vale recordar que la literatura histórica y narrativa supone, en su proyección militar, todo un aspecto didáctico, de forma que para cualquier principe o señor, hacerse leer a Julio César, Salustio o Valerio Máximo, entre otros, no significaba solamente cultivarse o distraerse, sino también, en el sentido más técnico de la palabra, instruirse.
Finalmente hay que decir que a finales de la Edad Media se escribieron algunos tratados originales de arte militar. El examen de las fuentes narrativas e históricas nos muestra alusiones a los autores de esos tratatos. Las bibliotecas de los hombres de guerra resultan a menudo muy instructivas para comprender la difusión de estas lecturas.
Sin embargo, fuera cual fuera la importancia de la formación teórica o intelectual, era la formación práctica la que, en todos los órdenes, predominaba. En este sentido es preciso recordar el importante rol de la justa o el torneo.
A finales de la Edad Media, en especial, los poderes públicos hicieron un esfuerzo muy claro por favorecer la práctica de los deportes militares en detrimento de los deportes o juegos de carácter civil.
Había, por tanto, diversos métodos para el aprendizaje de las artes marciales, por lo menos a título individual. Por el contrario, los ejercicios colectivos, las «maniobras», pequeñas o grandes, parecen no haberse previsto en ningún momento de forma regular.
Esto significa que el aprendizaje de la guerra se hacía en la misma guerra, sobre el terreno. De ahí la necesidad de comenzar muy pronto, incluso antes de finales de las adolescencia, y de ir acumulando las experiencias con el transcurso de los años.
Dos principios generales parecen haber sido predominantes en la estrategia medieval: el temor al enfrentamiento en campo abierto (batalla formal) y responder al ataque yendo a encerrarse en los puntos fortificados de la región en condiciones de resistir (reflejo obsidional). De ahí la forma externa de la gran mayoría de los conflictos medievales: avance muy lengo de los atacantes, defensa desesperada de los atacados, operaciones limitadas en el tiempo y en el espacio, guerra de desgaste.
Hay que aceptar que la historia militar está llena de batallas que sólo fueron enfrentamientos sin importancia, instintivos y confusos, en los que los jefes desempeñaban el papel de simples conductores de hombres, incorporados, de forma casi anómima, a la primera línea del combate en la que los guerreros se preocupaban fundamentalmente de elegir un adversario digno de su rango o de su valor, sin preocuparse para nada de sus compañeros de armas y en la que se aferraban al terreno con una especie de furor sagrado, aunque tuvieran que huir precipitadamente cuando la suerte parecía volverles la espalda, en la que la persecusión individual del botín presidía toda la acción y se producían repentinos e irremediables pánicos, seguidos de matanzas indiscriminadas o de la captura masiva de vencidos bruscamente paralizados.
Sin embargo, se puede vislumbrar la existencia de lagunos principios tácticos fundamentales. A grandes rasgos, podían concebirse tres tipos de dispositivos tácticos: la caballería montada, la caballería desmontada y la infantería.
En el primer caso, las tropas se disponían en línea continua, con una profundidad bastante pequeña, al parecer de tres o cuatro en fondo. El conjunto formaba una «batalla»; para formarla, se alineaba cierto número de unidades tácticas elementales, llamadas banderas, con un reclutamiento normalmente familiar, de familia amplia o feudal, que tenían que permanecer agrupadas en torno a una bandera, en torno a un jefe o a un grito de guerra.
La segunda gran fórmula táctica era la caballería desmontada. Una vez descendidos de sus monturas, los hombres de armas perdían evidentemente una gran parte de su vida y la táctica que se recomendaba, por lo menos a finales de la Edad Media, era la de esperar quietos a que el enemigo cometiera la imprudencia de avanzar y de atacar.
Estaba finalmente la infantería propiamente dicha. Sus formaciones de combate eran muy variadas en función de las tradiciones, pero también de los efectivos disponibles, del adversario y de la naturaleza del terreno. Se pueden enumerar las siguientes: primero, el dispositivo en forma de «muro», bastante alargado, con una profundidad sólo de algunos hombres; segundo, el dispositivo circular o en corona; tercero, el dispositivo masivo, en profundidad, en el que no había ningún vacío en el interior de la formación.
También se le prestaba atención a la indisciplina, tanto de los grupos de combatientes, como de los individuos. Ya a partir de la segunda mitad de la Edad Media vemos cómo las autoridades militares proclamaban las penas más severas contra todos aquellos que rompieran la ordenanza, salieran de formación, mientras que se recomendaba formalmente la puesta en común de todo lo capturado para proceder a un reparto posterior.
Por otra parte, el mundo medieval valoraba la ventaja de que el jefe del ejército permaneciese el día de la batalla al margen de la refriega, tanto para poder escapar, llegado el caso, como para poder tomar todas las disposiciones de utilidad, rodeado de una especie de estado mayor.
Negar, por tanto, la existencia de un arte medieval, con sus variaciones y su evolución, no es producto, en último término, sino de una simple laguna de información.
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