La juglaría procura el recreo, alivio indispensable del ánimo. Los que recreaban al público en los teatros de la antigüedad debieron transmitir initerrumpidamente su arte a sus sucesores medievales.
Los pueblos románicos no pudieron estarse sin ningún recreo literario medio milenio largo antes de ese siglo xi en que se suponen nacidas las literaturas neolatinas.
En los primeros tiempos de ese medio milenio se olvida el latín de los histriones y nacen las lenguas romances de los juglares. Y en este punto surge la perpetua oposición de la crítica entre los dos conceptos antagónicos en el modo de entender la poesía en cuanto diversión pública, el individualista y el tradicionalista. Los que iniciaron el cultivo literario de las lenguas neolatinas ¿fueron los clérigos por disperso trabajo individual o fueron los juglares por continua tradición de su oficio?
Creo que el juglar, hombre indocto, puesto en el trance de divertir a un concurso de gentes que iba dejando de entender la lengua de los letrados, se vio obligado a empelear las formas del latín vulgar. Era necesario darse a entender en todo momento haciendo que el habla de los vulgares usos cotidianos entrase más y más en la prosa recreativa y en la canción musical del improvisado espectáculo público.
Los juglares por decisión colectiva, dejándose conducir del gusto vulgar, crearon una nueva tradición popular en la lengua románica de los nuevos pueblos medievales.
Los juglares preceden a los clérigos La oratoria sagrada no se propone divertir sino adoctrinar de modo que su esfuerzo por sacar de la vulgaridad el habla diaria fe siempre mucho menos que el de la juglaría.
Juglares y clérigos fueron, pues, dos clases sociales muy diferenciadas entre sí en su origen, y solo tardíamente tuvieron contacto literario.
Resulta necesario, entonces, abrir la mente a una consideración nueva: la existencia de una vida literaria primitiva, densa y operosa.
Estado latente de un fenónemo; en qué consiste
La noción de estado latente no es una explicación de cualquier fenómeno lingüístico en sí; explica sólo su existencia cuando parece no existir y apoya la explicación que pueda buscarse en la accón de un substrato, o de una colonización, o de un influjo lejano cualquiera.
Como los romances tradicionales, la canción juglaresca de la época primitiva debía pasar inadvertida por todos. Eran poesía cantada y no eran literatura propia de los doctos. Los contemporáneos de tal hecho o uso social no se dan cuenta de él porque viven apartados del medio en que se produce y lo desconocen, o conociéndolo, no dan cuenta de él porque no lo creen digno de atención.
Latencia de la literatura primitiva
Las literaturas románicas tardaron muchos siglos en aparecer a nuestra vista. Francia nos ofrece los testimonios más tempranos, entre ellos, una cantilera de Santa Eulali, copiada en un códice hacia 882.
Existía en los más remotos toda una literatura latente (oral y, sin duda a veces, también escrita), que los clérigos estimaban derivadas de los siglos paganos y juzgaban condenable en masa.
En España, los escritores eclesíasticos nos informan del hecho literaria en lo que toca a la moral. Copiosos cantos populares de la España visigótica, amorosos, satíricos o fabulísticos fueron condenados por los escritores eclesiásticos.
La prolongadísima latencia de la canción primitiva se explica muy particularmente a causa de su lenguaje excluido de la escritura a causa de sus temas muy extraños al latín literario.
La poesía épica tradicional. Origen Godo
Existía una poesía juglaresca tradicional de origen godo, productora de relatos épicos, que no solo se transmitían oralmente, sino a veces ayudándose de la escritura. Esos cantos de los antepasados, por los que los oyentes se sentían estimulados a la gloria. Estos carmina maiorum en los siglos iv y vi fueron entonados también por los visigodosen las provincias orientales del imprerio romano.
Del canto épico godo, en España, se conserva, entre otros, el Carmen Campidoctoris, escrito en 1082, por un clérigo catalán, remedando el canto épico noticiero de un juglar ambulante que actúa ante una turba popular, compuesta de gentes que vivián al amparo de las hazañas del Campeador. Y, algo más, tenemos el Cantar de Mío Cid, escrito hacia 1140 por un anónimo juglar de Medinaceli.
El refundidor épico, dominado por los gustos colectivos y por la anonimia, aporta múltiples posibilidades de que la continuada selección, oral y escrita, en torno a un tema preferido, acumule aciertos perfectivos, que elaborados en varias refundiciones escritas, lleguen a dar por resultado la obra excepcional. El Mío Cid hoy conocido, por ejemplo, ofrece fuertes caracteres de no ser una primera redacción; creo como más probable que el juglar de Medinaceli fuese un espléndido refundidor, y que el primer eslabón de la cadena fuese un poema anterior más breve, obra de un juglar quizá de menos vuelos, que no dejó rastro alguno de su obra, porque la historiografía juglaresca pasa largos períodos de su vida en estado latente.
Latencia habitual de la épica juglaresca
Es preciso sentar la noción de que, al lado de la historiografía latina de los clérigos, existió siempre en la España medieval, La historiografía vulgar de los juglares, poesía cantada, noticiera de la actualidad, especie de periodismo de aquellos tiempos, cuyos cantos de más éxito perduraban muy repetidos, a modo de historia informadora de los hechos interesantes del pasado.
Desde 1243 hasta tiempos del canciller Ayala, 1398, vemos las dos historias, la clerical y la juglaresca, juntarse ostensiblemente, porque los clérigos quieren escribir para el vulgo.
Los poemas escritos están sujetos a la latencia lo mismo que la más breve canción oral. Los cantares de gesta conservados son una ínfima minoría respecto a los producidos, y no hay razón alguna para creer que los salvados sean los mejores. El individualismo se ve obligado a reconocer que se han perdido una enorme cantidad de textos épicos; hemos de reconocer que entre ellos hubo, sin duda, de gran valor, y son hipótesis positivistas, inexactas a todas luces, las que suponen que sólo se ha perdido lo insignificante.
Los juglares abren camino a los clérigos
Fueron los juglares quienes iniciaron a los clérigos en el uso de la lengua vulgar. El individualista antitradicional explica el verismo épico suponiendo que procede de los documentos y crónicas consultados por los monjes, aunque esta explicación siempre tropieza con algunos aciertos históricos que no se hallan ni pueden hallarse en ningún documento ni crónica. Explica la constitución del arte narrativo por influjos de la poesía latina, aunque lealmente confiesa que ningún verso i una sola palabra de la chanson de Roland puede creerse inspirada por Virgilio ni por Estacio.
De las chansons de geste nada podemos afirmar o negar sobre noticias biográficas, porque a causa de su elaboración tradicional, todas las chansons antiguas son esencialmente anónimas; sólo se puede decir que el espíritu de la épica es fundamentalmente caballeresco y profano, aun el de las chansons que cantan la guerra contra los infieles.
La historia de las literaturas occidentales durante toda la Edad Media y hasta comienzos de la Edad Moderna es la historia de cómo los legos van entrometiéndose a tratar en su lenguaje vulgar los temas o géneros reservados a la lengua latina, y cómo los clérigos se van sintiendo tentados a abandonar su latín escribiendo en vulgar, viéndose a causa de ello menospreciados por sus colegas y hasta acusados de impiedad por poner al alcance edl vulgo delicados temas religiosos.
El primer clérigo que conocemos como poeta en lengua del vulgo se estima juglar, prueba que entra en un campo ajeno, a cultivar un arte que no era el de los clérigos.
La Romania aparece ante la juglaría como una vasta fraternidad latina. Fueron ellos quienes, vagando de corte en corte, de mercado en mercado, logran esa gran difusión uniformadora; ellos hacen frutecer en regiones muy apartadas entre sí aquellos tipos literarios o lingüísticos más afortunados.
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