viernes, 16 de febrero de 2018

#Resumen Ramón Menéndez Pidal - Problemas de la poesía épica

Hay cuestiones muy debatidas sobre la épica española que, para tener sentido, deben ser referidas a una discusión general entre dos concepciones literarias opuestas.

Una teoría entiende que hay una forma de arte tradicional, en la que el gusto literario es profundamente colectivo. El autor de cada obra es un anónimo, porque él, individuo, se sumerge en la colectividad.

La otra teoría considera siempre la individualidad del artista, del poeta, el cual, si es anónimo, lo es por pura casualidad. El influjo de la colectividad sobre el artista es meramente accidental, sin trascendencia. Hoy predomina esta teoría individualista

El punto de principal discrepancia entre las dos categorías está en apreciar el carácter histórico de épica medieval.

La epopeya francesa y la española tratan únicamente temas históricos; lo discutible es el origen y el valor de esa historicidad: si procede inmediatamente o mediatamente de los sucesos reales a que la poesía se refiere.

La teoría tradicionalista cree que la epopeya en su origen se basa en una impresión directa de los hechos históricos, fijada en forma de poética cuando aún está fresca la memoria de esos sucesos, y que luego, conforme el poema se propaga a tiempos sucesivos, va alejándose de su veracidad inicial.

La teoría individualista supone que el poema nace siglos después de los sucesos que trata; la epopeya es un género tardío, cuya historicidad viene a ser una evocación semejante a la que se hace modernamente en la novela cuyo argumento se toma de una crónica o historia.

Según la concepción tradicionalista, nace el cantar de gesta para noticiar y conmemorar hechos actuales. Tales poemas primitivos debieron ser de muy breve narración (los viejos relatos españoles no solían pasar de 500 o 600 versos).

La teoría individualista no puede explicarnos de dónde los juglares del siglo xii iban a sacar los nombres de oscuros personajes históricos que manejan en sus poemas ni ¿a qué fin iban a molestarse los monjes o los juglares en exhumar esos olvidados nombres del siglo x, que en el xii nadie conocía ni a nadie importaban lo más mínimo?

Desde ese enfoque, el elemento histórico de la épica suele compararse con su presencia en la novela histórica. Sin embargo, la novela histórica es un producto conocido de la historiografía; mientras que el cantar de gesta nace como sustitutivo de la inexistente historiografía, cuando, a falta de amplios relatos en prosa, se daba noticia de los sucesos importantes en el canto que los popularizaba.

¿Qué edad es esa en que un pueblo engendra y consagra poéticamente a sus héroes? La edad heroica es aquella vivida por algunos pueblos que antes de haber desarrollado la prosa historiográfica en lengua vulgar, sienten la necesidad de cultivar su propia historia, y tienen que hacerlo en la única forma literaria entonces existente, en forma poética, en cantos públicos.

Es aquella edad en que todo un pueblo requiere una habitual información sobre sus propios acontecimientos presentes y pasados, y no habiendo llegado aún, en su desarrollo cultural, a poseer una literatura escrita, emplea el metro, la rima y el canto como medios de publicación (en parte más poderosos que la escritura) para fijar y difundir los relatos de interés común.

La epopeya románica es la hermana mayor de la historiografía: nace cuando la historia no existía o sólo se escribía en latín, lengua extraña a la comunidad.

En Francia el éxito del individualismo fue enorme. Desde allí se proclama que las canciones de gesta nacen a fines del siglo xi, jamás antes; carecen de valor historial, pues son simples juegos literarios, tardías novelas históricas. En España, al contrario, el tradicionalismo domina y, entre otros, el detenido estudio de los cantares referentes a los Infantes de Lara no puede explicar el nacimiento de la leyenda sino en el siglo x.

La vida tradicional de un tema poético solo se logra mediante sucesivas renovaciones o refundiciones. El refundidor español se dirigió siempre al pueblo a la nación entera. La tradicionalidad es franca, absoluta y muy duradera. En la tradicionalidad española, de sesgo muy popular, muy despreocupada de primores literarios, las refundiciones se suceden fáciles, pues la versificación es en extremo sencilla, de métrica irregular y de rima simplemente asonantada. Las dimensiones del poema son breves, entre 500 y 5000 versos, porque aspiran en todo caso a ser cantados o recitados ante un público. El autor no busca la gloria o la fama personal; queda siempre anónimo.

La tradicionalidad de la épica francesa es claudicante y más breve; la individualidad del poeta quiere a menudo sobreponerse a la colectividad, orientándose cada vez más hacia el público letrado. Muy inclinada hacia el arte docto, las refundiciones toman un carácter más personal. Los refundidores se esfuerzan por mostrar primores técnicos en el verso: métrica regular y variada rima, preferentemente consonante; se dilatan en la narración de gran desarrollo, 10000, 20000 versos y más. Las refundiciones son pocas. En consecuencia, la tradicionalidad se agota y deja de vivir en el recuerdo del público.

La tradición española pierde todos o casi todos sus textos. Pero los temas de estos textos perdidos perduraron con fecunda vida hasta empalmar con otra tradicionalidad de un nuevo género poético, el de las baladas o romances épico-líricos.

La tradicionalidad española mantuvo tenazmente un verso amétrico y un asonante de enorme arcaísmo (la -e paragógica). Esta poesía se propagaba, más que en códices permanentes, en copias efímeras y en la recitación oral; por eso subsistieron de ella tan pocos textos.

Primero, la epopeya, al avanzar en su época de florecimiento, al declinar el siglo xiii, transmigró a las Crónicas generales de España, género prosístico que entonces alcanzaba una vida un tanto tradicional también. Estas Crónicas, tan divulgadas, contribuían al olvido de los poemas, pues ofrecían al público las fábulas históricas de los juglares en una forma prosística más autorizada.

Después, el alma de la epopeya se transfundió en el Romancero, según acabamos de indicar. Los romances contribuyen también a que la gestas se olvidasen, pero prolongaron la vida de los temas heroicos, muy abundantes en el Romancero de los siglos xvi y xvii.

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